La
religión en la época de los reyes y de los profetas.
La
monarquía, en su conjunto, representó el apogeo del sincretismo. La institución
monárquica era una idea extranjero en Israel. Por eso, al asentarse en Canaán,
tuvieron que formar consejo para decidir si debían o no aceptarla.
Por
fin, se decidieron por ella. Pero la originalidad de la ideología monárquica
israelita consistió en revalorizar esta institución como un acto de su
historia sagrada. El rey era el ungido (masiah) de Yahvé (1 Sam. 24. 7-11); era
adoptado por Yahvé y en cierto sentido se convirtió en hijo suyo (2 Sam.
7-14); se sienta en su trono al lado de Yahvé (Sal. 110. 1.5). Pero, la posición
única de Yahvé hace imposible la divinización del rey: éste es el siervo por
excelencia de Yahvé (este término se aplica en la Biblia 60 veces al rey
David). Como representante de Yahvé, el rey de Israel, al igual que otros
soberanos, del Antiguo Oriente, debe asegurar el orden cósmico (Sal. 2. 10-12),
imponer la justicia, defender a los débiles (Sal. 72, 1 ss), asegurar la
fertilidad de la tierra (Sal. 72. 6-16). La monarquía se interpretó, pues,
como una nueva alianza entre Yahvé y la dinastía de David, prolongación de la
alianza del Sinaí. El rey ideal, el Mesias, inaugurará un reino «paradisíaco»,
como dirán luego los profetas adornando sus palabras con brillantes imágenes.
Salomón construyó el templo de Jerusalén junto al palacio real. De este modo
asoció el culto del santuario a la monarquía hereditaria. El templo de Jerusalén,
residencia de Yahvé, se convirtió en santuario nacional, y el culto real se
identificó con la religión del Estado.
Esta
unión íntima del trono y el altar trajo sus consecuencias. Los monarcas tenían
que gobernar una población que constaba de dos capas, los israelitas
descendientes de los antiguos invasores y los cananeos indígenas. Para una
mayor facilidad de la tarea de gobierno, los monarcas fomentaron la fusión de
ideas y de prácticas religiosas, vividas por estas capas de población. Salomón
aceptó los cultos de sus esposas extranjeras y permitió construir santuarios a
sus dioses (1 Re. 11. 6-7).
A
su muerte, el reino se dividió en dos, el Reino del Norte o Israel y el reino
del Sur o Judá. Jeroboam, primer rey del Norte, estableció santuarios en Betel
y Dan, en los que se adoraba a Yahvé bajo la forma de un becerro de oro (1 Re.
28-29). El sincretismo alcanzó proporciones desconocidas. El culto cananeo,
brillante, con su elaborado sistema sacrificial, ocupó la parte principal de la
religión de Yahvé.
Ante
tal desbarajuste, los profetas contemporáneos a la monarquía, se pronunciaron
duramente contra el culto y a favor del «Yahvé del derecho y la justicia».
Los profetas no inventaban, no hacían sino recuperar al Yahvé de Moisés, al
Yahvé de los orígenes, al Yahvé de la justicia y de la libertad que, en Canaán,
prácticamente se había evaporado. Así, pues, el Yahvé de los profetas estaba
en oposición radial al Yahvé baalizado, en oposición al sincretismo religioso
monárquico. El Yahvé de los profetas era un Dios viviente, único, santo,
celoso, trascendente, justo, fiel, misericordioso, absolutamente diferente del
hombre. Con los profetas anteriores y posteriores al exilio se logra conseguir
el estricto monoteísmo.
Además,
estos profetas tienen en común el rasgo de que anuncian el juicio de Dios
contra Israel: Yahvé enviará a unos invasores inmisericordiosos para
aniquilarlo. El Señor se servirá de los grandes imperio militares como
instrumento de castigo contra su propio pueblo que le había traicionado. La única
esperanza está en lo que ellos conciben como el «resto» del pueblo elegido
que sobrevivirá a la catástrofe. Con este resto se dispone Yahvé a concluir
una alianza.
La
anunciada catástrofe sobrevino y tuvo sus consecuencias decisivas para la
historia de Israel y para la evolución del Yahvismo: desapareció del estado,
fin de la monarquía davídica, dispersión de la nación, destrucción del
templo y de la ciudad de Jerusalén. Muchos israelitas, en Jerusalén o en el
exilio, dudaron del poder de Yahvé, o incluso de su existencia, y adoptaron los
dioses de los vencedores. Otros vieron en la catástrofe el juicio de Dios,
predicho por los profetas, y tomaron en serio su mensaje. Había que comenzar
otra vez. El Templo fue sustituido en el exilio por la Escuela religiosa, que
con el tiempo se convertiría en Sinagoga. Se fortaleció la idea de la
omnipresencia de Yahvé y la importancia religiosa de la vida interior y de la
conducta recta del individuo con sus semejantes. Se suscitó un fuerte
sentimiento de esperanza en la redención de Israel. Nada es imposible para
Dios. Ezequiel anuncia, como Jeremías, una alianza nueva que implica de hecho
una nueva creación.
El
profetismo en la historia de Israel.
El
profetismo acabó con la religión cósmica, baalizada, de Israel, características
de los pueblos agricultores. Desacralizó la naturaleza de dioses. Proclamó la
vaciedad de los sacrificios, las fiestas y las ceremonias, así como la vanidad
de los santuarios. No pretendió ninguna mejora del culto sino una transformación
de los hombres. Hasta después de la caída de Jerusalén no propondrá Ezequiel
un oficio divino renovado.
Este
rechazo radical de la religión cósmica arrastró consigo el «gozo de vivir»
estrechamente unido a toda religión cósmica.
La
desaparición de la religión cósmica (que celebraba el misterio de la
fecundidad, de la solidaridad dialéctica de la vida y de la muerte) suprimió
la sensación interior de seguridad. En efecto, la religión cósmica fomentaba
la ilusión de que la vida nunca se interrumpe; por tanto, que la nación y el
estado puede sobrevivir por encima de la gravedad de la crisis histórica, como
la naturaleza se rehace de las catástrofes naturales (sequías, inundaciones,
epidemias, movimientos sísmicos, etc.,); las catástrofes nunca son totales o
definitivas. La predicación profética había anunciado la ruina total del país,
la desaparición completa del estado y el peligro de aniquilación del pueblo. Sólo
quedaría un «resto». Como esto se cumplió, el pueblo quedó en el aire, sin
seguridad, sin más asidero que la Palabra y la Promesa de misericordia de Yahvé.
Como
el profetismo trabajó en la historia, con los acontecimientos como lugar de
manifestación y realización de la «cólera» de Dios, de ahí que la historia
adquirió un valor religioso y se convirtió, en sustitución de la naturaleza,
en revelación o epifanía de Dios y expresión de su voluntad.
La
religión en el judaísmo.
El
judaísmo, en el sentido estricto, es la comunidad de judíos, formada a partir
de la experiencia del exilio en el siglo sexto antes de Cristo, con sus
instituciones, usos, costumbres, creencias y libros sagrados, que ha perdurado
sustancialmente hasta nuestros días.
La
comunidad que volvió del destierro de babilonia, constituida principalmente por
descendientes de la tribu de Judá (Cf. Esd. 1-2), se entendió a sí
misma como el “resto de Israel” purificado. De acuerdo con esta idea,
se impuso el establecimiento de un segundo comienzo (un nuevo Éxodo) para
llevar a la práctica la fidelidad pactada con el Dios de la alianza, conforme
al espíritu de Moisés.
Características
fundamentales de este judaísmo fueron:
Una
conciencia renovada, muy intensa, de ser el pueblo de la Alianza, situado
por ello ante Dios en una singular y peculiar relación de servicio
colectivo y de pueblo pactante: esta conciencia de aliado de Dios ha
terminado toda la acción histórica del judaísmo en el mundo y la especial
solidaridad para con los socios judíos de todo el mundo.
Una
relación efectiva y afectiva con la tierra prometida a Israel por el Dios
de la alianza: vivieran o no en Palestina, «tierra prometida», fundándose
en motivos religiosos y han celebrado con entusiasmo el sueño de su posesión.
Un
esfuerzo dramático por soportar el presente, especialmente cuando éste
resulta penoso y oscuro por falta de fe y la confusión de ideas, refiriéndose
a los periodos gloriosos del pasado y al futuro que se espera rebosante de
felicidad.
Una
afirmación del judaísmo con el lenguaje de la Biblia y del Talmud: aun
cuando los judíos de todos los tiempos no llegasen a dominar los idiomas
hebreo y arameo, sobre todo el primero, siempre sintieron la necesidad de
aprenderlos, fundada en motivos de tipo nacional religioso: así lo
expresaba la consigna de comienzos de la Edad Moderna: «¡Judío, habla
hebreo!».
El
periodo del judaísmo primitivo.
Comenzó
con el destierro de babilonia (587 a.C.) y terminó con la destrucción del
templo de Jerusalén por los romanos (70 d.C.)
TENDENDENCIAS.
En
este periodo el judaísmo se expresó a través de tres tendencias:
Restablecer
la vida política y religiosa de los tiempos de David y Salomón, alentada
por los círculos sacerdotales y la antigua nobleza.
Escatológica,
que miraba a los últimos tiempos en que había de cumplirse la salvación y
abrirse la nueva y definitiva era de la felicidad, tendencia fomentada por
los círculos proféticos.
De
carácter didáctico, que ponía su empeño en rescatar y reunir todo el
material de la tradición nacional, publicar la Ley, instruir al pueblo en
ella y aplicarla a la vida ordinaria: esta tendencia fue llevada a cabo
especialmente por letrados seglares.
La
desaparición de la nueva teodicea.
Con
la desaparición de Zorobabel, el último descendiente de la dinastía davídica,
se esfumó la esperanza del Mesías davídico en gran parte del pueblo. Con la
extinción progresiva del profetismo, en el siglo V a. C., se perdió la
esperanza del Mesías Profeta de los últimos tiempos, inaugurador del reino de
Dios en la tierra. Sólo quedaba el sacerdocio como representante de las
tradiciones de Israel. En el siglo IV a.C., el judaísmo cifró la esperanza
mesiánica en el Sumo Sacerdote, descendiente de Sadoc (aquel gran
sacerdote que asistió a David y a Salomón). El culto adquirió suma
importancia y se hizo complicado y minucioso. El sumo sacerdote se revistió de
un carácter regio, por la unción, por los ornamentos reales, por la asistencia
divina... Pero, coincidió la preponderancia del sacerdote sadoquita como
depositaria de las promesas divinas con el creciente influjo de la cultura
griega en Palestina. La crisis de identidad adquirió unas profundidades más
insospechadas.
La
crisis de los judíos se incrementará por los sucesivos acontecimientos. Los
Seléucidas de Siria vencieron a los Tolomeos de Egipto, en Panonia (200 a.C.,)
y, como consecuencia de esta victoria, Palestina pasó a poder de Siria (199-142
a. C.) La presión helenizante alcanzó niveles insoportables para el pueblo judío.
En esta coyuntura se escribió otro libro, el ECLESIÁSTICO, que representaba la
tendencia y actitud espiritual opuesta a la del «Quohelet». Compuesto entre
190-175 a.C., por un escriba, maestro en una escuela sapiencial. El libro iba
dirigido a los jóvenes hebreos deslumbrados por el helenismo. Y en él se
describe a Ben Sirá, un patriota convencido de la importancia decisiva de la
pureza de la Ley. Ataca la ideología secular del helenismo: «Toda sabiduría
viene del Señor». Identifica la sabiduría, preexistente en Dios, con la Tôrâ.
De ahí que el «sabio» es el que estudia y cumple la Ley: es el hombre
piadoso. La Sabiduría ES UN DON DE DIOS a Israel.
Queda
claro que la posición del autor del Eclesiástico es tradicionalista,
nacionalista, contraria a la filosofía griega, ajeno a las dudas del «Quohelet
sobre el sentido de la obra divina. El autor del Eclesiástico justifica la
doctrina de la retribución, y exalta la perfección de la obra divina. Recuerda
que los piadosos tienen una suerte distinta de los malvados; apoya la esperanza
mesiánica sacerdotal, argumentando con la superioridad de la promesa sacerdotal
sobre la promesa davídica: el sacerdocio permanece, los reyes han desaparecido;
la promesa de Aarón afectó a todo un linaje, mientras que la promesa a David sólo
a uno de sus hijos: en consecuencia, el Eclesiástico transfiere a la alianza
sacerdotal cuanto se había dicho de la alianza de Yahvé con David; el Eclesiástico
fomentó la esperanza mesiánica sacerdotal. Estas ideas deberían haber
sosegado a todos los espíritus, haciéndoles retornar al camino tradicional,
pero nuevos acontecimientos volvieron a perturbar la conciencia judía.