LAS RELIGIONES PROFÉTICAS (4ª y última parte)

LOS PRIMEROS APOCALIPSIS. Daniel y Henoc. El influjo helenista no cesó. El enfrentamiento de la postura tradicional con el helenismo alcanzó su punto culminante bajo el reinado del seleúcida Antíoco IV. La postura tradicional la representaba el Sumo Sacerdote Onías III. Los filohelenos eran los tobiaditas o grupo del «Tobías», un histórico personaje, banquero, amigo de reyes paganos. La tensión entre oniaditas y tobiaditas culminó con el asesinato de Onías III, en el año 170 a.C. Con él desapareció el último Sumo Sacerdote sadoquita, a cuyo linaje estaba vinculada la promesa del «sacerdocio eterno» mesiánico. La esperanza mesiánica sacerdotal se esfumaba también. Los acontecimientos se acumularon. Profanación del Templo por Antíoco IV, helenización forzada de Palestina, rebelión del sacerdote Matías (de la familia de los Asmoneos), apoyado por sus hijos, los macabeos y por un grupo de zelotes, los llamados «piadosos» o hassidim. Victoria de los macabeos. Después de muchos siglos, los judíos consiguieron la libertad política y tuvieron un rey sacerdote, pero de la familia de los Asmoneos. Lo malo de estos sumos sacerdotes, a la vez reyes, era que en cuanto a reyes no eran davídicos, y en cuanto sumos sacerdotes no eran sadoquitas. Por tanto, quedaban fuera de las promesas de Yahvé. La esperanza salvífica del pueblo se quedó sin Mesías, sin rey davídico, sin Sumo Sacerdote sadoquita y sin profeta siervo de Dios.

En esta coyuntura aparece el libro de Daniel, terminado hacia el año 164 a.C. Es un Apocalipsis surgido en los medios piadosos que insistían en el respeto absoluto a la Ley y en la urgencia del arrepentimiento porque el fin de la historia se consideraba inminente: se estaba presenciando el hundimiento de los imperios militares y se creía en una pronta, insospechada y fulgurante intervención de Dios conforme al plan secreto de Dios. El autor del libro de Daniel quiere animar y consolar a sus correligionarios. Ante el fracaso o imposibilidad de los Mesías históricos prometidos, Daniel quería suscitar una esperanza totalmente trascendente, procedente de sólo Dios, un Dios que él presenta como un Ser viviente, libre, imprevisible, no ligado a ningún  sistema, a ningún orden, a ninguna conducta prefijada, un Dios cuyo plan de salvación es un misterio escondido. Daniel quería forjar un judío «piadoso», con una fe abrahámica, que confía en Dios pese a cualquiera realidad adversa, que se fía de Dios porque creé que Dios es fiel a sus promesas, aunque ignore cómo vaya a poder cumplirlas. Dios puede abrir caminos nuevos, cambiar el rumbo de la historia con cualquier intervención insospechada. De ahí venía la expectación, la tensión y la crispación del creyente judío. El judío piadoso debía aprender del libro de Daniel que sólo en Dios cabe poner la esperanza; que sólo del cielo puede venir el Hijo del hombre que inicie el reino de Dios, súbitamente, de la manera menos imaginable. Esta venida, ahora oculta en el misterio, tendría lugar PRONTO.

Entre el libro de Daniel y la reacción final del libro de Henoc, algo después del año 95 a.C., pasaron muchas cosas en el alma del judío:

1.     La tentativa de paganización por la fuerza del periodo helénico provocó un traumatismo que los judíos de Palestina nunca pudieron olvidar. En lo sucesivo, no creerán de ningún modo en la inocencia de los paganos, abriendo entre ambos un abismo infranqueable.

2.     La victoria militar de los Macabeos será siempre estímulo y modelo de otras insurrecciones armadas históricas.

3.     El celo por la «Tôrâ» consolidó la «ontología» de la Ley. La Tôrâ fue elevada al rango de realidad absoluta y eterna, modelo ejemplar de la creación.

4.     La exaltación de la Tòrâ modificó radicalmente el destino del judaísmo: éste se particularizó, renunció al universalismo religioso, puesto que de la Tôrâ le viene la identidad nacional.

El libro de Henoc se escribe después del fracaso del gobierno de los Asmoneos. Fue éste tan desastroso que, cuando los romanos se adueñaron de Jerusalén y de toda Palestina, en el año 63 a.C., la población aceptó con alivio la presencia romana.

En las parábolas de Henoc la figura del Hijo del hombre de Daniel aparece no como un símbolo sino como una persona verdadera, rey celeste, preexistente, criatura divina llena de gracia.

La esperanza judía en el siglo I a.C. En los decenios que precedieron a la venida de Jesús, la esperanza religiosa de Israel se hizo especialmente compleja y tensa. Esperaban los israelitas la resurrección de los muertos y el juicio final, sobre todo si pertenecían al grupo de los fariseos. Esperaban el cumplimiento de las promesas hechas por Dios al Pueblo, promesas muy quebrantadas en apariencia por dos tremendos hechos históricos: la cautividad de Babilonia y la dominación helenística y romana. En el seno de la esperanza judía empezaron a surgir vetas de desaparición. De ahí el carácter irritado y crispado que el esperar hebreo adquirió. El mesianismo, la íntima necesidad de un salvador que realizase de modo visible la antigua promesa, cobraba cada vez mayor vehemencia: fariseos y zelotes llenaban el aire de Israel con sus gritos menesterosos, casi desesperados: «Marana tha»: ¡Señor, ven! ¿Por qué, oh Dios, nos has rechazado para siempre...? ¿Por qué se enciende tu ira contra las ovejas de tu rebaño? La literatura apocalíptica alcanzó un nervioso florecimiento, y los saduceos, fariseos, zelotes y esenios, hacían aún más confusa la situación espiritual de los hijos de Abraham. Con su rabiosa y desesperada esperanza, el alma del pueblo de Israel mostraba la necesidad y la inminencia de una alianza nueva, que no llegaría a aceptar.

El periodo de la MISHNA y del TALMUD. Este segundo periodo del judaísmo se inicia con la destrucción del templo de Jerusalén por los romanos, en el año 70 d.C., y concluye con la publicación del Talmud, en el siglo  VI d.C.

Es una época sin Templo, políticamente insegura bajo el dominio directo de romanos y persas. La vida religiosa judía se cobija en las Casas de Enseñanza y Orientación, que en parte fueron consideradas como una perfecta sustitución del Templo.

La dirección del judaísmo estaba ahora en las manos de los sabios rabinos, que convirtieron sus principios fariseos en norma de todo el judaísmo. La asamblea de Yahvé (aproximadamente en el año 90 d.C.) pasó a ser la base del judaísmo, que ahora, sin templo y sin independencia ni seguridad religiosa ni política, trataba de acreditarse entre «las naciones del mundo»  y frente a la rivalidad de nuevos movimientos religiosos (especialmente en el cristianismo y la gnosis). Los frutos más importantes del esfuerzo judío de este periodo fueron la Mishna y el Talmud.

La Mishna, que significa: «repetición», comprende todo el conjunto de enseñanzas trasmitidas oralmente de generación en generación, que fueron puestas por escrito en el siglo II después de Cristo por el rabí Yehuda Hannasí. En ella se recoge el espíritu del judaísmo tal como lo venían enseñando los escribas judíos en el siglo I y II d.C., llamados «tannaitas» (repetidores). En la Mishna se encuentran también las doctrinas sobre el diezmo, el sábado y los días festivos, el matrimonio y el divorcio, el derecho civil y penal, el sacrificio y todo lo relacionado con el culto al templo, la pureza e impureza ritual.

El Talmud, que significa: «enseñanza», incluye la Mishna y las nuevas explicaciones desarrolladas de los predicadores judíos (los amorreos) de Palestina y Babilonia, recogidos en el libro llamado «Guemará», durante los siglos IV al VI después de Cristo. Como hay un «Guemará»  Palestino (menos desarrollado) y un Guemará babilónico (más extenso), el Talmud resultante es o bien un Talmud palestino (menos divulgado) o bien un Talmud babilónico (más generalizado).

La posesión de la Tôrâ  escrita y del Talmud es, según la concepción judía, una NOTA por la cual la religión judía se distingue de cualquier otra religión. Según el judaísmo, la Tôrâ escrita hace referencia a la función que cumple el Talmud.

Este segundo periodo del judaísmo conoció también varias rebeliones armadas judías, que fueron sofocadas con un elevado tributo de sangre. En los años 66-70/73 y 132-135 d.C., los judíos se sublevaron contra Roma inflamados por la invocación mesiánica. Los emperadores Vespasiano y Tito y luego Adriano reprimieron terriblemente los levantamientos. Como consecuencia, llegaron severas persecuciones religiosas y políticas, y deportaciones forzosas. A fines del siglo II d.C., se logró un tolerable «modus vivendi» con el poder temporal opresor.

El periodo de la Edad Media judía. Este tercer periodo del judaísmo transcurre entre la conclusión del Talmud babilónico, en el siglo VI d.C.,  y la expulsión de los judíos de España en el año 1492.

El judaísmo medieval se manifestó, de un lado, como una agrupación marcada por el espíritu talmúdico y oprimida constantemente por diversos poderes. Y, de otro lado, en el plano espiritual religioso actuó abriéndose hacia fuera en cuanto que, al enfrentarse con la cultura antigua, con el Islam y con el cristianismo, desarrolló una elevada filosofía de la religión (especialmente de Avicebrón y Maimónides). En gran parte estuvo a la sombra y bajo la presión del mundo cristiano medieval, es decir, leyes especiales, ghettos, persecuciones, engaños...

En la Edad Media judía alcanzó notable desarrollo la mística, tal como el judaísmo la entiende. La esencia del misticismo judío está en el conocimiento del sentido esotérico de la Tôrâ. La mística judía es esencialmente intelectual. La llamada «experiencia» tiene un papel muy secundario en la concepción mística del judaísmo. En parte porque los místicos judíos  han sido muy recatados en manifestar sus íntimas experiencias místicas, en particular porque tales experiencias las consideraban como totalmente personales e incomunicables y en parte también porque la experiencia mística, entendida como contacto con Dios repugna a la mentalidad judía para la que es posible la relación amorosa e íntima del hombre con Dios, pero no un contacto experimental personal con Dios.

La vida mística será objeto de la CÁBALA, o sea, de la «tradición» oral por la que un maestro comunica a un discípulo el «secreto» (sod), el sentido esotérico, íntimo de la Tôrâ, en cuyo conocimiento está cifrada esencialmente la mística.

La CÁBALA alcanzó gran difusión en el siglo XII como reacción contra la tendencia racionalizante de Maimónides, influida por el aristotelismo. El punto de partida fue Provenza, de donde se extendió por España e Italia, llegó hasta Palestina y volvió de nuevo a Europa. Como padre de la CÁBALA figura Isaac el Ciego, de Nimes, muerto en el año 1210. La obra clásica de la Cábala es el «zohar» (resplandor). Escrita en arameo y difundida especialmente por Moisés de León (1250-1305), la Cábala contiene un conjunto de teorías metafísicas, dogmáticas y exegéticas. Dios, el Infinito, es el principio de todas las cosas. Entre Dios y las criaturas están los diez Números (sefirot), que proceden de la divinidad, y de cuya combinación y acción todo depende. La Cábala enseña además la preexistencia del alma humana y la reencarnación (metempsicosis). Prácticamente, la Cábala estuvo muy a menudo asociada con la magia, la astrología, la quiromancia... Y la exégesis cabalística se mezcló con la «gematría» (valor de números y letras del alfabeto hebreo), con la permutación de las letras y su interpretación, con las figuras gráficas que forman, y con los resultados de multiplicaciones y divisiones entre números. De estas averiguaciones pretendían obtener el secreto de todo, de las cosas y del mundo humano. Hoy la Universidad hebrea de Jerusalén tiene una cátedra dedicada al estudio de la Cábala.

El judaísmo moderno. El judaísmo moderno se basa sobre todo en cuatro realidades.

  1. La Sagrada Escritura y la tradición talmúdica.
  2. La ilustración y la emancipación.
  3. El sionismo.
  4. La parcial recuperación y situación comprometida de la tierra de Israel.

La Sagrada Escritura y la traducción talmúdica desempeñan una función decisiva para todos los judíos, sea cual fuere su tendencia. En Europa Oriental, el Hasidismo de los siglos XVII y XVIII inunda de emocionada piedad al espíritu judío, que empezaba a sentir en su propia carne la libertad y los movimientos de emancipación de los nuevos tiempos.

La ilustración judía tuvo en Moisés Mendelssohn (1729-1786) su representante más conspicuo. Gracias a Mendelssohn los judíos de Alemania y de Europa Occidental salieron de sus ghettos espirituales y comenzaron a participar en la vida intelectual de Europa. En 1783, Mendelssohn tradujo el Pentateuco en bella prosa alemana y añadió un comentario claro y conciso. Su influencia fue enorme. Los judíos, cuya lengua había corrompido el largo confinamiento en los ghettos físicos y espirituales, aprendieron el alemán en esa misma traducción.  Usaron este instrumento para explotar todos los campos del saber, y sus mentes, tanto tiempo desconectadas de los canales del pensamiento occidental, se sintieron de pronto inundadas de ideas y puntos de vista nuevos. Gradualmente fue cambiando toda la razón de ser de la educación judía. La Biblia recuperó su importancia, no sólo en cuanto a los principios religiosos, sino también por el lenguaje y por sus cualidades literarias y estéticas. Mendelssohn abrió así un mundo nuevo a su pueblo, que se interesó por Alemania y por el pensamiento alemán. Los judíos comenzaron a desear la ciudadanía, la participación en la vida de la nación. Se hicieron alemanes y europeos. La ilustración judía tuvo un matiz distinto en la Europa Oriental. Así como en Occidente se prefijó el camino de la asimilación individual, en la Europa Oriental, dada la pujanza de la población judía se intentó la vía de un movimiento nacional (Haskala). Los judíos del centro y este de Europa, como grupo humano, querían liberarse de los elementos caducos de su tradición y adueñarse sin trabas de la cultura de los pueblos con los que convivía.

El sionismo surgió como reacción al fracaso de la «Haskala» en Europa Oriental y a la campaña antisemita en el área germana. El sionismo se dividió en tres corrientes: El movimiento Kibatsión, fundado por León Pinsker (1821-1891), que unía en una organización a cuantos deseaban retornar a la tierra de los padres; el sionismo político de Teodoro Herzl (1860-1904); y la Soinut Rukanit, un sionismo religioso, representado especialmente por J.M Pines (1844-1914) y Akad Haam (1856-1921). Estás tres corrientes se mezclaron.

La parcial recuperación de las tierras de Israel ha tenido lugar con la constitución del Estado independiente de Israel, en 1948, acordado por la ONU. Este estado justifica su legitimidad, además del otorgamiento que le ha hecho Naciones Unidas, por el hecho de ser la tierra de los antepasados de la que fueron despojados pero que siempre, en todas las épocas históricas, han reivindicado. No obstante, el judaísmo es consciente de que la plena legitimidad del estado de Israel ante el mundo exterior debe lograrse constantemente con la tolerancia hacia los habitante nos judíos.

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