Yahvé
es el nombre de la divinidad que se manifestó un día a Moisés, en una zarza
ardiendo, en la montaña sagrada, mientras apacentaba los ganados de su suegro
Jetró, sacerdote de Medián. Según traducciones personales, este nombre
significa «el Existente», en el sentido semita de ser y existir, o sea, actuar
a favor de, estar con, dando ayuda a. No nos interesa ahora investigar si yahvé
es la deidad volcánica del Sinaí, o el dios de la tribu de los quenitas. Lo
que nos importa es la equivalencia que hace el mismo Dios en la teofanía: «Yo
soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob».
El
«Dios de los padres» se revela con un contenido altamente ético: se siente
indignado por la opresión y la injusticia, y lanza a Moisés, israelita de
nombre egipcio, a la gran tarea de la liberación de su pueblo. El «Dios de sus
padres» es el Dios de la justicia. No pide culto sino liberación. Y este Dios
es el que se autodetermina con el nombre de Yahvé.
Es
posible señalar una cierta continuidad entre el «Dios del padre» y el Dios
que se revela a Moisés. El Yahvismo nace en un ambiente de pastores y se
desarrolla en el desierto, y éste será en lo sucesivo el «ideal nómada de
los profetas».
El monoteísmo
yahvista primitivo.
El monoteísmo
puro y estricto no surgió en Israel de repente, bajo la égida de Moisés. Hay
que tener en cuenta la concepción de la religión de la época, como consta
claramente en la misma Biblia. La religión entonces era local y familiar. Cada
región tenía su religión y su dios propio, como lo muestran muchos textos bíblicos
(Jue. 11,24; 1Sam. 26,19; Jer. 16,3; 2Re. 5,17-18; Rut. 1,16). En los grupos nómadas,
cada tribu se vinculaba al «dios del padre». El que viajaba a otra región tenía
que dar culto al dios de esa región. Quienes se integraban en otra tribu debían
de venerar al dios de esa tribu. Todo esto a los israelitas les parecía lo más
normal. El estricto monoteísmo todavía no había llegado, como tampoco la
intolerancia consiguiente. Existía entonces un «monolatrismo» de cada región
o tribu, pero aceptando la existencia de otros dioses para otras regiones u
otras tribus.
La
revelación de Dios a Moisés, se presenta con pretensión de exclusividad. Pero
la misma afirmación: «No habrá para ti otros dioses delante de mí», deja
abierta la posibilidad de otros dioses para otras gentes, pero no para él.
Sin
embargo, en el momento de la entrada en la tierra de Canaán, se hace necesario
que este Dios comience a ser único, no sólo ya para Moisés, sino para todos
sus correligionarios. La crisis de fe yahvista que entonces se abre, sólo
concluirá positivamente en un monoteísmo general, puro, sistemático y
absoluto después de mucho tiempo y de muchas pruebas, durante el destierro de
babilonia, tras una larga y dramática actividad de los profetas.
La
religión bajo los jueces. 1200
a.C. – 1020 a.C.
La entrada gradual de los
israelitas en Canaán se caracterizó por una confrontación inicial sumamente
ruda. Según el relator, Yahvé intervenía directamente en las batallas: Yahvé
le exigió a Josué: «No le tengas miedo, que yo te los entrego; ni uno de
ellos podrá resistirte» (Jos. 10.8). En efecto, Yahvé lanzó desde el cielo
un pedrisco fuerte que mató por millares a los enemigos de los israelitas (Jos.
10.11). Después de la victoria contra Llavín, rey de Canaán, la profetisa Débora
y Barac cantaron y celebraron el furor divino (Jue. 5.4). Yahvé es celebrado
como el más fuerte frente a los dioses de los cananeos. La guerra se hace en su
nombre; es una guerra santa. Por eso, el botín queda prohibido, debe ser
destruido por completo, ofrecido en holocausto a Yahvé. Hasta la ley de la
hospitalidad, casi sagrada entre los nómadas, es violada traidoramente por Yael,
que invita a su tienda al jefe cananeo Sísaro, derrotado y en fuga, y le da
muerte cruel, mientras dormía (Jue. 4.17).
Después de esta
terrible confrontación, los israelitas lograron asentarse en la tierra de Canaán.
A partir de ese momento, comenzó la tentación idolátrica. La cultura de los
cananeos era muy superior a la de Israel. La influencia religiosa cananea se
dejaba notar cada vez más. Los israelitas no pensaron jamás abandonar su
propia religión, la de Yahvé, pero sentían fascinación por los dioses
agrarios, los Baales, por sus santuarios y su culto. Por eso, en un primer
estadio, el culto de Yahvé y el de los Baales fueron mantenidos separados y
distintos, pero en un segundo estadio, fueron combinados. Veámoslo:
Poco
conocemos sobre el primer estadio, no obstante podemos decir que Yahvé era el
dios nacional para los casos de emergencia nacional. Los Baales, que tenían
multitud de santuarios, mientras que Yahvé no tenía sino alguno que otro,
proveían a las necesidades diarias de la agricultura. No debemos imaginar, como
lo concibió el editor deutoronomista del libro de los Jueces, que el culto de
Yahvé y el de los Baales eran mutuamente exclusivos. Más bien, los israelitas
pasaban del uno al otro en periodos sucesivos (Jue. 2,7-19), según lo específico
de cada uno.
En
el segundo estadio, la amalgama de las dos religiones tuvo lugar de la siguiente
forma: Yahvé absorbió a los Baales, pero adoptó íntegramente la forma
cananea de culto, sin apenas cambio. Esto es lo que aparece en el DECÁLOGO
RITUAL (Ex. 34,10-27) que era un decálogo cananeo, cultual, de fiesta y
sacrificios, distinto del anterior DECÁLOGO ÉTICO, el de Yahvé del Sinaí
(Ex. 20, 1-10), que tendía a regular, no los ritos, sino las relaciones de
justicia y la convivencia fraternal entre los hombres. La fusión sincretista de
los Baales en Yahvé aparece en varios hechos:
1.
Muchos nombres propios de israelitas famosos combinan las dos
actividades: a Gedeón, el juez, de indudable fe yahvista, se le da el nombre de
«Yerubaal», o sea, «Baal combate» (Jue. 6,32); otro se llama «Maribaal», o
sea, «Yahvé es Señor». Y así sucesivamente encontramos nombres como Ishbaal,
Baaliah...
2.
Yahvé fue considerado como dador de la lluvia, tan necesaria para
la agricultura, atributo específico de los Baales.
3.
Yahvé llegó a ser el Dios del país de Canaán, denominación normal de
los baales (1Sa. 6,9; Os. 9,3).
4.
Yahvé se adueñó de los sitios altos y de los santuarios de los
Baales.
5.
Las formas de adoración utilizadas en el culto de los Baales pasaron al
culto de yahvé.
En
resumen, realizada la absorción de los Baales por Yahvé, éste,
originariamente Dios de una montaña y de los israelitas, vino a ser el Dios de
un país en el llano, a través de tres fases: Dios de una montaña, Dios de una
nación, Dios de un país agrícola.
De
esta forma Yahvé quedó Baalizado como resultado de todo este proceso. Yahvé
se convirtió en un Dios más que pedía culto, ya no era el Dios de la justicia
del Sinaí. Ahora ya encubre abusos, como en el caso de los danitas (Jue.
18-19), y se asemeja poco al Dios de la libertad que se reveló a Moisés. Así
se comprende la fulminante reacción de los profetas frente a esta concepción
popular de un Yahvé baalizado.
Próximo
número: LAS
RELIGIONES PROFÉTICAS. La religión de la época de los reyes y de los
profetas.