TABACO II

Decíamos en el artículo anterior, que el tabaco tuvo que ser cultivado y fumado secretamente porque la Inquisición encarcelaba a cuentos encontraba fumando bajo la acusación de estar haciendo algo pecaminoso e infernal. Pues, bien, desde esta clandestinidad, el tabaco comenzó a extenderse de tal forma que, como siempre suele ocurrir en estos casos, avezados mayoristas se aprovecharon de ello y comenzaron a monopolizarlo y comercializarlo. Y para que la Inquisición no pudiera malograr este lucrativo negocio, los comerciantes lanzaron al mercado este producto atribuyéndole propiedades curativas. Es decir, que a la vez que se vendía el tabaco para fumarlo, se vendía también hojas para producir emplastes, picadura para jarabes, llagas, granos..., hasta el rapé no era otra cosa que tabaco muy picado sutilmente aromatizado. Su precio era tan excesivo que sólo podían acceder a este milagroso productor las clases privilegiadas.

            De su cultivo, como ya hemos dicho, se encargaron los grandes señores de la época. Las primeras plantaciones que hubo se encontraban en las grandes fincas que éstos poseían en las extensas regiones de Andalucía, Extremadura y Murcia, por ser estos climas los más adecuado para su cultivo y posterior secado, ya que los intentos que se efectuaron en otras regiones fracasaron todos rotundamente por el intenso frío, por las constantes lluvias y por las fuertes heladas.

            Estas fincas eran conocidas como «cigarrales», debido a que en el verano eran invadidas por cigarras. Y como podemos intuir, de ahí le viene el nombre al cigarrillo, pues, así como a los franceses se le puede atribuir el nombre de «nicotina», por Joan Nicot, consejero del rey de Francia y embajador en Portugal, es a los españoles a quienes se nos adjudica la invención del actual cigarrillo. Cosa que ocurrió de la siguiente forma: El tabaco era tan caro que ningún trabajador podía pagarse este lujo, ni para fumar ni tampoco para aliviarse de las enfermedades que supuestamente curaban. De esta forma fue como los cultivadores que trabajaban a sueldo laborando en el tabaco, en vez de desaprovechar las particulitas de las hojas que quedaban en los zarzos, después de ser retiradas éstas ya secas para su venta, las cogían cuidadosamente, las liaban en un papel y se las fumaban.

         

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