Beltrán
de Blanquefort (1156-1169)
Dejando
aparte esas mentes privilegiadas que saben a ciencia cierta que el Maestre del
que hoy nos ocupamos no fue el sexto de la Orden, sino el quinto porque aseguran
que lo han leído en unos supuestos Expedientes Secretos, y que además, una vez
elegido, lo primero que hizo fue llevar al castillo de su propiedad a sus
hombres para que comenzaran a sacar de sus entrañas el oro y las
muchas riquezas que bajo su suelo habían dejado enterrados los visigodos
durante el siglo quinto d.C. Tesoros que sacaron de allí cargados en más de
seis carros.
Aseguran
además estos investigadores anónimos, que no existe duda alguna de que don
Bertránd fuese pariente del papa Clemente V.
No
sabemos en qué extrañas investigaciones se basarán para afirmar tal cosa,
pero a nosotros nos ponen en tal duda, que no tenemos por mas que pensar que, o
bien no sabemos nada después de tantos y tantos años de investigar sobre la
Orden del Templo, o bien hemos perdido el tiempo investigando.
Cierto
es que el padre de nuestro Maestre se apellidaba Blanchefort, y la madre del
papa Clemente V también. Pero no es menos cierto que el primero había vivido
en el siglo XII y la segunda en el siglo XIV. Mucho tiempo transcurrido para
llevar en la mente un árbol genealógico por muy estudioso que uno sea de la
mencionada Orden del Templo.
En
el Archivo Histórico del municipio de Saint-Germain-d'Estheuil, en el Médoc
francés, existe un libro de acristianamiento en el cual se dice que el niño
Bertrán de Goth, hijo de don Bèrand de Goth, señor de Livran y de doña
Brayde de Blanchefort, señora de Veyrines fue acristianado el día 3 de febrero
del año del Señor de 1264.
Como
vemos, tanto el padre como la madre del papa Clemente V, provenían de la
nobleza francesa. El padre era el señor de Livran, es decir, vivía y tenía en
posesión el castillo de Livran, donde nació el papa. Se sabe que este castillo
era muy antiguo; que, al morir el padre, fue heredado por Clemente V por ser el
hermano mayor de tres hermanos (dos varones y una hembra), y que al no poder
vivir en él por el estado tan ruinoso en que se hallaba, decidió, en el año
1305, mandar construir otro castillo en la ciudad de Villandraut para poder
habitarlo rodeado de modernas comodidades. Tal vez este detalle haya dado lugar
a que en la mayoría de las biografías del papa se afirme que nació en esta
ciudad.
Cuando
el papa Clemente V murió, en tan extrañas circunstancias, sus hermanos
heredaron sus posesiones. Y tal vez porque la necesidad les obligaba, vendieron
ambos castillos con todos sus territorios para repartirse el dinero.
La
madre no le iba a la zaga al padre, pues como vemos, era la señora por heredad
de una pequeña localidad llamada Veyrines. Un lugar que pertenece al
departamento de Aquitania y que está situado en el pintoresco valle de Dordoña
en el suroeste francés.
Con
todo lo señalado, no vemos por ningún sitio que doña Brayde de Blanchefort,
llevase ese apellido por ser pariente en algún grado del padre de nuestro
Maestre, porque de basarnos solamente en ese detalle, podríamos afirmar con la
misma autoridad, que todos los Blanchefort que habitan en el mundo, son
parientes del papa Clemente V.
Aunque hay
enciclopedias, investigadores, historiadores y profundos estudiosos de la Orden
del Templo, que nos dicen que no se puede afirmar el año de nacimiento de don
Bertrán de Blanchefort, sexto Maestre de la Orden del Templo de Jerusalén,
porque no existe documento registral que lo acredite, nosotros, habiendo creído
en todo tiempo que quien pone todo su empeño en buscar un dato casi siempre
obtiene el premio de encontrarlo, en el Archivo Histórico de Reims (Francia),
cajón de Obituarios (libros parroquiales donde se anotan las partidas de
defunción y soterramiento). Años 1159 a 1170, encontramos un asiento en el
cual se dice —en latín— que don Bertránd de Blanchefort, freire de la
Orden de los del Templo, falleció el día 2 de enero del año de la Encarnación
de Nuestro Señor Jesucristo de 1169, a los 68 años.
Haciendo
las operaciones correspondientes, llegamos a la conclusión de que, si el sexto
Maestre de los del Templo falleció en el año 1169, á los 68 años, es obvio
que nació en el año 1101. Ahora lo que no sabemos es el día ni el mes, pero
podemos prometer y prometemos, que seguiremos buscando para encontrarlo. También
sabemos por el mismo documento que era hijo de Lord Godfrey y de doña Agnès.
Como
ya se ha dicho anteriormente, don Bertrán de Blanchefort, Maestre de la Orden
del Templo de Salomón por la Gracia de Dios, nació en el año 1101 en Guyenne,
en la Occitania francesa. Debido a que esta Región estuvo bajo dominio inglés
hasta el año 1259 en que fue firmado el Tratado de París por parte de Enrique
III de Inglaterra y Luis IX de Francia. Se sabe que su padre era inglés porque
ostentaba el título de Lord, y su madre francesa.
Era
el segundo de cinco hijos: un hermano que heredó por nacimiento ser el dueño
de todo lo que pertenecía a la familia, él y tres hermanas que fueron naciendo
después. Como es natural y lógico, don Bertrán, por ser el segundo de los
hijos varones, para crearse un futuro en el cual pudiese vivir holgadamente, tenía
que elegir entre la Iglesia o las armas. Sus padres, que eran extremadamente
religiosos, e inculcaron en sus hijos el amor a la religión cristiana, le
aconsejaron que eligiera ser sacerdote. Dentro de la iglesia un noble podía
vivir sosegadamente y ascender velozmente si se sabían tocar los botones
adecuados.
A
los once o doce años, que eso no he podido saberlo todavía con certeza,
nuestro joven ingresa en el monasterio de los monjes benedictinos de la ciudad
donde vive. Viste el hábito de postulante de San Benito y allí, viviendo en
aquella comunidad cerrada, donde el silencio se impone, y el estudio y la oración
se aúnan con el rudo trabajo de la huerta y de labrar la tierra para
alimentarse, comienza a descubrir que le falta algo. No es que se sienta mal
siendo aspirante a monje, no. Él estaba dispuesto a vivir en comunidad el resto
de su vida, pero sentía en su corazón que le estaba entregando a Dios
solamente la mitad de lo pedido. Necesitaba servirle con la oración, pero también
deseaba hacerlo con la espada. Incluso Lucas, capítulo 22, versículo 36, como
si estuviese apremiando a los cristianos de aquellos tiempos para que dejaran su
actual vida y partiesen para las cruzadas, aconseja lo siguiente: pues
ahora, el que tenga bolsa, tómela; y el que tenga alforja, también. Y el que
no tenga espada, si no tiene dinero, venda su manto y compre una... La
ilusión de nuestro futuro maestre era servir a Nuestro Señor siendo monje y
también guerrero.
Los
hagiógrafos y los Santos Padres de la Iglesia coinciden cuando aseveran que los
caminos de Dios son inescrutables. Que el Sumo Hacedor, en su infinita bondad,
insufló, dentro de cada una de nuestras almas, uno o dos carismas diferentes
conforme nos fue creando para que, por medio de ellos, nos sirviésemos los unos
a los otros. Coinciden también en afirmar que nuestra sociedad sería perfecta
si cada uno descubriera el carisma que lleva dentro y lo pusiera al servicio de
su prójimo. Quien deja este mundo sin descubrir su carisma —dicen los hagiógrafos
y los Santos Padres—, muere sin haber conocido la verdadera felicidad... Pero
esto no fue lo que le ocurrió a nuestro joven. Como los caminos de Dios son
Inescrutables, como ya se ha dicho antes, ocurrió lo siguiente: un día se
alberga en el monasterio un monje del cister que había sido liberado por sus
superiores para que fuese de ciudad en ciudad predicando y convenciendo a señores,
caballeros y ricos hombres de que había que ayudar con buenos y sustanciosos
donativos para hacer frente a los elevados gastos de las Cruzadas. Y requiere
también de ellos que, aquellos que puedan permitírselo, recluten hombres,
formen tropas y partan hacía la Tierra que vio nacer y morir a Nuestro Señor
Jesucristo para defenderla y liberarla de los infieles. Haciendo este noble
servicio a la Iglesia, aquellos que la ayudaran alcanzarían de inmediato la
remisión de sus pecados y la vida eterna.
En
los tres días que el mencionado monje del cister está allí hospedado, el
joven Bertrán lo acosa a preguntas. Preguntas que el monje contesta. Le cuenta
con pelos y señales de qué forma se enfrentan los cristianos a los infieles, y
de la necesidad que Cristo tiene de que lleguen más y más soldados para luchar
contra los árabes y hacer prevalecer en aquellas Santas Tierras la religión
verdadera. Le habla también de algunas órdenes militares que por allí se han
ido creando, cuyos caballeros han adquirido el derecho de ser monjes y soldados.
Cuatro
días después de haber abandonado el monje del cister el monasterio para ir a
otra ciudad a predicar, el joven se despide de sus Hermanos y, sin pérdida de
tiempo, comienza la carrera para ser un buen caballero.
A
los 26 años, siendo ya caballero bendecido e investido, sintiendo su vocación
de soldado más sujetada a su cristiano corazón que nunca, abandona su patria,
sus padres, sus hermanos y sus amigos, e imitando a otros muchos caballeros que
antes le habían antecedido, embarca hacia Jerusalén.
Recibido
allí cordialmente por los cruzados franceses, entra por primera vez en batalla.
Es solamente una pequeña escaramuza que dura muy poco tiempo. Pero es
suficiente para que allí, sobre la Tierra Santa que había prometido defender
como cruzado, luchando codo a codo junto a ellos, conozca a los caballeros
templarios. Era una Orden que solamente estaba constituida por nueve caballeros,
que no vestían hábitos comunes. Vestían muy pobremente porque llevaban las
ropas que las gentes por caridad les daban. La cruz que llevaban sobre el pecho,
igual que la de todos los cruzados, era de trapo bendecido por algún clérigo.
Los miembros de esta Orden, según pudo saber el joven Bertrán posteriormente
por respuestas que obtuvo a las preguntas que hizo, se habían unido hacía cosa
de unos 8 ó 9 años, con la bienaventurada idea de proteger a los peregrinos
que desde otras regiones ultramarinas llegaban allí para rezar ante la tumba de
Nuestro Señor Jesucristo.
El
joven Bertrán, que todavía siente en su espíritu la llamada del sacerdocio y
se acuerda muy a menudo de su estancia en el monasterio de los benedictinos,
seducido por el sagrado trabajo que están llevando a cabo en Jerusalén los
recién conocidos como los Caballeros del Templo, se une a ellos porque de esta
forma ve fundidas sus dos vocaciones: la de monje y la de soldado. Ingresa en el
mes de julio del año 1129, seis meses después de haber sido reconocida la
Orden como tal en el Concilio de Troyés que se celebró el día 13 de marzo de
1129.
Siguiendo
el ejemplo de los Maestres que le habían antecedido, en cuanto fue investido
como Maestre comenzó a cambiar todas aquellas cosas que no estaban acorde con
su concepción cristiana, ni con la forma en que debían vivir sus Hermanos. Lo
primero que hizo fue enviar una misiva al papa Alejandro III en la cual le
suplicaba que diese su superior permiso para suprimir en la Orden el título de
Gran Maestre que hasta el momento se había estado empleando —como era
costumbre en aquellos tiempos en todas las órdenes militares—, y lo trocase
por Maestre por la Gracia de Dios. Petición que le fue concedida.
La
segunda diligencia que llevó a cabo fue comenzar a reformar la regla. Veamos su
modificación más importante. El primer capítulo que corrigió fue uno que él
particularmente tenía muchas ganas de cambiar. El que al ser modificado tomó
el número XXI, cuando antes había tenido el IX.
Desde
que la orden del Templo fue reconocida como tal en el Concilio de Troyés en el
año 1129, hasta aproximadamente el año 1140 en que ya se había extendido por
casi toda la Europa cristiana, los soldados, suboficiales y hermanos servidores
vestían un hábito blanco exactamente igual al de sus superiores los
caballeros. Esto dio lugar a que los hermanos sirvientes, soldados y
suboficiales que, evidentemente, la mayoría de ellos estaban casados porque no
habían hecho la profesión ni acatado los votos, fuesen confundidos con los
caballeros profesos. Lo que dio lugar a que se levantasen contra ellos críticas
bastante desfavorables que no eran buenas para la orden porque estos sirvientes
bebían y se portaban groseramente con las mujeres.
Para
dar solución a este grave problema que llevaban sufriendo desde el comienzo de
la Fundación de la Orden, el Maestre Bertrán de Blanchefort reunió el Consejo
Capitular de Jerusalén, y llegaron al unánime acuerdo de añadir un nuevo capítulo
a la regla, este fue el XXI, cuyo enunciado dice: «Que los fámulos no
traigan vestidos blancos ni capas». Y cuyo texto denuncia primero y ordena
después lo siguiente: «...Vestían en otro tiempo los fámulos, sirvientes
y armigueros vestidos blancos, de donde vinieron insoportables daños, porque de
las partes ultramarinas se levantaron ciertos fingidos Hermanos casados que decían
ser profesos, no siendo así; de aquí resultaron tantos daños y tantos
agravios contra la orden militar, que causaron mucho escándalo. Y así, hemos
acordado, que los dichos fámulos del Templo usen vestidos negros...»
Como caballero del Templo, durante su estancia en
Jerusalén, participó en numerosas batallas y en todas ellas dio muestras de su
ardor guerrero y de la extraordinaria instrucción y aprovechamiento que había
recibido de sus hábiles maestros de armas en Francia.
Sin embargo, a pesar de su extraordinaria destreza
como luchador, al igual que les ocurría a todos los cristianos de aquellos
tiempos, confiaba más en la protección y amparo que el verdadero Dios le podía
proporcionar por el hecho mismo de arriesgar sus vidas en su Santo Nombre y por
orar frecuentemente, que en las estrategias que todo oficial debía de llevar
bien pensadas y estudiadas para combatir y derrotar al enemigo. En la batalla
que ha pasado a ser conocida como la «del lago de Merom», que tuvo
lugar en junio del año del Señor de 1157 —cuando
todavía no hacia ni cinco meses que el caballero Blanchefort había sido
elegido Maestre de los templarios—, bajo un calor insoportable, llegaron al
lugar de la batalla y acamparon junto al lago.
Para infundir ánimo y bravura en el corazón de los
soldados, por órdenes superiores, cada oficial debió de narrar a los hombres
que estaban bajo su mando, las hazañas bélicas que Josué había llevado a
cabo en aquel mismo lugar contra las tropas de los gabaoneses de la coalición
del Norte, con cuya victoria había allanado el camino para la total ocupación
de la tierra prometida. La historia era tan parecida a la que ellos estaban
viviendo en aquel momento, que no hubo ni un solo soldado que no se sintiese
invencible por creer que Dios iba a estar con ellos y los iba a encaminar
directamente hacia victoria sin apenas sufrir bajas... Y realmente así era. La
historia de Josué con la que ellos estaban viviendo en aquellos momentos, eran
increíblemente muy parecidas... Las crónicas de esta guerra nos dicen los
siguiente: «Salieron con los templarios otros ejércitos. Una gran
muchedumbre de soldados, caballos y carros. Al llegar al lugar de la cita, todos
se reunieron y acamparon junto a las aguas del Merom, con la idea de combatir y
derrotar a las tropas que venían mandadas por el general enemigo Nur al’Din».
Josué, tal vez porque llevaba los deberes hechos,
venció a sus enemigos. A los cristianos le ocurrió lo mismo que años antes
les había ocurrido a los hombres que seguían a Pedro el Ermitaño: confiaron más
en la cruz que en la espada, y lo pagaron muy caro. De los 15 mil soldados que
se enfrentaron a las tropas de Nur al’Din, catorce mil cuatrocientos setenta y
ocho fueron muertos o quedaron gravemente heridos sobre la ensangrentada tierra
del campo de batalla. El resto, cinco mil doscientos veintidós, fueron hechos
prisioneros y encerrados en lugares estratégicos a la espera de recibir un buen
rescate por ellos.
Pasados dos años y medio, la noticia de que don
Bertrán de Blanchefort se encontraba cautivo de los árabes con más de 75
soldados del Templo, llegó a oídos del joven Manuel I Comneno. Y como este le
tenía gran aprecio a esta Orden porque tiempo atrás había sido favorecido por
ellos cuando decidió hacerse presente en las cruzadas, pagó su rescate y los
templarios quedaron libres.
Siete años después, en el año 1164, nuestro
Maestre aparece en la historia acompañando al rey de Jerusalén y conde de
Jaffa, Aimery I, en su viaje hacia Egipto. Un mensajero trae al rey noticias de
que el general Nur al’Din, aprovechando la ausencia real en Jerusalén, se
dirige con numerosos soldados hacia la rica ciudad de Antioquia, punto estratégico
para dominar Siria y las rutas comerciales. El rey ordena al Maestre de los
templarios que regrese sin pérdida de tiempo con todos los hombres que le
acompañan, y preste ayuda a las tropas que ya han ido a presentar batalla al
general árabe.
Don Bertrán de Blanchefort se dirige hacia allí
ebrio de venganza. Esta vez, el general Nur al’Din tendrá que pagar bien cara
la derrota y la vergüenza que él y sus hombres tuvieron que soportar en el
lago de Merom. Las tropas templarias, después de atravesar el río Orontes, y
de dejar a la izquierda Alepo, se dirigen hacia Harem (una ciudad de Siria que
se encuentra cerca de Alepo), y se ponen a disposición de los cruzados que al
encuentro del general árabe se dirigen. Llegan animados y arengados por su
supremo jefe, pero, aunque muchos de ellos dejan su vida batiéndose
valientemente en la batalla, son nuevamente derrotados. Los templarios dejaron
allí más de cincuenta muertos, entre caballeros y soldados. Y tuvieron que
transportar en carros, hasta la ciudad cristiana más próxima, más de setenta
y siete heridos graves, muchos de los cuales murieron en el camino por no poder
soportar el viaje.
Dos años y medio después, en el año 1168,
nuevamente entra en escena el general árabe Nur al’Din. Habiendo llegado a
sus oídos, por parte de los espías que tenía infiltrados por todos los
lugares donde habitaban cristianos, de que el Maestre se hallaba ausente y se
había llevado con él un gran número de caballeros y soldados para escoltar al
rey de Jerusalén, toma un buen número de soldados y se hace presente en la
estratégica fortaleza de Tyron, que había quedado bajo la autoridad y custodia
de tres caballeros. Cada uno de ellos tenía bajo su mando a 20 hombres entre
sargentos y soldados. Eran en total, sesenta y tres hombres.
Aunque un alto número de cronistas hayan dado por
cierto que estos sesenta y tres hombres entregaron la fortaleza sin oponer
resistencia, se sabe por documentos y epístolas que nosotros hemos estudiado,
que estos templarios, al mando de sus dos oficiales, se esforzaron en la defensa
del lugar. Y esto debe ser cierto, porque de sesenta y tres hombres que
comenzaron a defender la fortaleza, solamente quedaron doce o trece hombres.
Que se sepa, dos caballeros, un sargento y nueve soldados, a quienes, por
orden de Nur al’Din, les fueron perdonadas las vidas. De nada les sirvió a
estos soldados mantener la vida. El rey fue menos indulgente. Creyendo que no
habían hecho lo suficiente para proteger tan estratégico lugar, ordenó que
los doce soldados del Templo fuesen ahorcados… Y así nos lo dice el arzobispo
de Tiro en el libro décimo noveno de la obra que ya dimos a conocer al
principio:
En este mismo año terminó sus días
el rey de Sicilia, señor Guillermo, de ínclito recuerdo, hijo del rey Rogerio.Y por este mismo tiempo,
una fortaleza similar, una cueva inexpugnable, situada en la Transjordania, que
estaba encomendada al cuidado de los Hermanos de la Milicia del Templo, fue
entregada al mismo Shirkuh, general de las tropas que mandaba el caudillo Nur al’Din.
Y corriendo el rey para rescatarla con una tropa numerosa, cuando se hallaba
acampado sobre el Jordán, recibió un
mensajero informando de que el fortín ya había sido tomado por el enemigo. Oído
esto, el rey aturdido y lleno de cólera hizo colgar en el patíbulo a doce
templarios, que habían entregado el castillo a los enemigos.
El Maestre don Bertrán de Blanchefort, quedó muy
afectado por este acto con el cual él no estaba de acuerdo, pues se sabe que le
dijo al rey que ya eran suficientes los cristianos que dejaban la vida en el
campo de batalla luchando contra los herejes, para que encima tuvieran ellos que
matar a sus propios soldados. Llevando ese dolor en su corazón, y creyendo que
aquellos hombres que estaban bajo su potestad y su mando habían muerto porque
él no había sido lo suficientemente valiente para enfrentarse al rey y pedir
que, si no los perdona, hiciese la merced de ahorcarlo a él junto a sus hombres
por tener tanta culpa como ellos, en apenas ocho meses de sufrir y de rezar por
las ánimas de sus Hermanos, entregó su vida siendo el 2 de enero del año de
Nuestro Señor Jesucristo de 1169. El día en que se festejaba la fiesta de San
Basilio el Magno, aquel que, tal como él, había enseñado a sus monjes a
estimar la meditación, la oración, la obediencia y la caridad fraterna.