DE CÓMO LLEGÓ A ESPAÑA

 

Cuando el emperador Valeriano ordenó apresar y ejecutar de inmediato al papa Sixto II, último pontífice que tuvo en su poder el santo Cáliz, y también a sus obispos y diáconos, el Papa, antes de ser apresado, llamó a san Lorenzo, que en aquel tiempo ejercía dentro de la sede episcopal el mismo cargo que había desempeñado antes Marcos, es decir, el de administrador de los bienes de la Iglesia, y le dijo que como el emperador andaba buscando los bienes que él estaba administrando, que hiciese lo posible por esconderlos o ponerlos a buen recaudo. Y le expuso asimismo que de todos los objetos sagrados, sólo había uno que verdaderamente le importaba salvar. Uno que nunca podía caer en manos profanas: el santo Cáliz.

San Lorenzo, viendo que él también era buscado, y que más tarde o más temprano sería hecho preso y ejecutado, tal que ya había sucedido con el Papa, con sus obispos y con sus diáconos, lo primero que hizo fue poner el Cáliz divino en manos de un paisano suyo. Un soldado de fortuna que había estado luchando bajo las órdenes del emperador Valeriano, y que, dados los últimos acontecimientos, había dejado el ejército de este despótico dirigente, y se volvía nuevamente a Huesca. San Lorenzo, tomando prestadas las palabras que san Pablo había dejado en el Nuevo Testamento, le dijo: «Tú, pues, nombrado por mí desde ahora como soldado de Cristo, hazte cargo de nuestros sufrimientos. Lleva este paquete que te encomiendo al obispo de Huesca. Él sabrá qué es cuando lea la carta que adjunto dentro. Si haces esto por nosotros, como soldado de fortuna que eres, tendrás tu recompensa en los cielos».

Tres días después de haber comisionado san Lorenzo al soldado de Huesca con tan importante misión, el santo fue hecho preso. Preguntado por los bienes de la Iglesia, y asegurándole el que mandaba la tropa que si los ponía todos a los pies del emperador quedaría libre de cargos y salvaría su vida, él, señalando a todos los menesterosos, cojos, tullidos, desheredados, hambrientos y desamparados que allí se habían reunido, le dijo: «en el interior de los corazones de estas pobres gentes, a quienes vosotros relegáis a la escasez y a la miseria, están escondidos todos los tesoros de la Iglesia.» Con esta afirmación, san Lorenzo firmó su sentencia de muerte.