DE CÓMO LLEGÓ A SAN JUAN DE LA PEÑA

 

Muchos años estuvo el santo Cáliz en la sede de Huesca, guardado por los obispos que se fueron sucediendo. Sin embargo, después, debido a las invasiones musulmanas, la sagrada reliquia comenzó a estar en peligro. El obispo de Huesca la envío para que fuese custodiada y escondida por unos ermitaños que habían tomado los votos, y que habitaban una cueva excavada por ellos mismos que se encontraba en el Pirineo que pertenece a Aragón.

Hecho lo antedicho, el obispo encargó muy encarecidamente y en el más estricto de los secretos, que los obispos de otras diócesis propagaran a los cuatro vientos que el Cáliz estaba hoy en esta iglesia y mañana en aquel monasterio. De esta forma fue como nació la leyenda del santo Grial que nadie lograba encontrar. Ya que unas veces estaba situada la reliquia en la iglesia de Yebra; otras, en el monasterio de San Pedro de Sirena; otras, en la iglesia de Santa María de Sasabre; otras, en la iglesia de Bailo, otras, en la sede episcopal de Jaca, e incluso, otras veces, en Inglaterra o Francia. Con ello se consiguió que los espías españoles que trabajaban por dinero para los árabes, pasaran información falsa y carente de veracidad.

El Santo Grial no salió nunca de la cueva que se hallaba en el Pirineo Aragonés. Y allí, en aquel seguro lugar seguiría todavía de no haber sido porque la corte alemana no quiso reconocer como papa a Alejandro II, nombrando ellos como antipapa a Honorio II, quien para tener seguidores comenzó a hacer proselitismo entre los ermitaños que vivían en lugares solitario, en cuevas o en montañas, forzando con ello al verdadero papa Alejandro II a publicar una bula en la cual recordaba a todos los obispos y arzobispos de la Europa cristiana que debían de cumplir lo que en el Concilio de Calcedonia se había dispuesto, esto era «...que nadie en parte alguna edifique o instale un monasterio, ermita o casa de oración sin el consentimiento del obispo de la ciudad; que los monjes de cada ciudad y de cada región estén sometidos a su obispo, que no anden libres; que amen el recogimiento, se dediquen al ayuno y a la plegaria; residan en los lugares que les han sido asignados; no dificulten ni se ocupen de los asuntos eclesiásticos o seculares, abandonando su monasterio, a no ser que el obispo del lugar se lo permita por algún motivo urgente...»

Si no hubiese sido por esta bula que fue divulgada en el año del Señor de 1071, por la cual los monjes que vivían y guardaban el Grial en la cueva tuvieron que ingresar en monasterios, el sagrado vaso todavía estaría allí. Sin embargo, el obispo, después de hablar con el rey Sancho Ramírez, y de obtener su aprobación, decidió trasladar el santo Grial —como entonces ya se le conocía—, en el más estricto secreto, al monasterio de San Juan de la Peña. En el principio fue llevado como vaso; más tarde el rey Pedro I, lo dotó de un rico asidero de oro y piedras preciosas y, por último Alfonso I el Batallador, mandó fabricar la peana también de oro y de rica pedrería con qué ha llegado hasta nosotros.