En
el yoga existen más de 80 mil posturas o «asanas». Cada maestro, según de
quién haya recibido la instrucción, o cada corriente religiosa, practican un número
elegido de ellas que nunca pasa de las 60 ó 70 posturas. Como es natural, en
esta serie de artículos monográficos, sería imposible darlas a conocer todas,
así, pues, y como la intención de estos escritos no es la de que nadie pueda
practicar el yoga mediante su lectura, sino ponerle al corriente de los múltiples
peligros que detrás de esta mística ciencia se pueden esconder, me voy a
dedicar a describir las más importantes:
La postura del loto es, con toda seguridad, la más
importante de cuantas se practican en el yoga. Conocida también como «Padmâsana»,
es el medio que esencialmente se usa para meditar.
Con
esta postura se logra por afinidad el mismo sosiego que se observa en la flor de
loto, esa planta que procede de Asia y que flota sosegadamente en pantanos,
lagos y embalses de los bosques y de las selvas, y en algunos estanques de
nuestros jardines. Flor que necesita soledad
para medrar, aire libre para florecer e iluminación para
manifestarse, cuyo único contacto con la tierra son los largos rizomas que le
sirven de cordón umbilical para alimentarla mientras madura al sol y produce
fotosíntesis y oxigena el agua, para lograr con ello que infinidad de animales
acuáticos puedan vivir en un mundo feliz y completamente limpio.
El
loto, es la flor consagrada a la naturaleza. En la tradición hindú representa
el espíritu del fuego, el aliento del calor, el hálito que emana del agua
donde mora el pez dios llamado Matsya, cuyos rizomas surgen del ombligo de Visnu,
el dios que reposa en las aguas junto al pez Mantsya y junto a la serpiente
Ananta, en compensación por haber ayudado a Manu a salir de
las aguas cuando sobrevino el diluvio.
Grandes
problemas tuve yo para aprender esta postura. Pues yo quería hacerlo imitando
en toda a mi maestro. Difícil empresa la mía, pues esta postura se lleva a
efecto sentado sobre el suelo y con los ojos cerrados. Colocando el pie derecho
sobre el muslo izquierdo y el pie izquierdo sobre el muslo derecho, pasando la
pierna izquierda por encima de la pierna derecha, al mismo tiempo que hay que
intentar acercar al máximo las plantas de los pies al abdomen. Y ya, por último,
apoyar las manos sobre las rodillas. Juzgar vosotros mismos, mis apreciados
lectores, mis sufrimientos y mis dificultades.
El
maestro me dejaba hacer. Parecía como si a él le importase poco lo que yo
estaba intentando lograr. Un día, cuando posiblemente percibió que yo
necesitaba ayuda, pues una de las reglas del aprendizaje consiste en dejar que
los alumnos descubran la facilidad o dificultad de un ejercicio por ellos
mismos, me dijo lo siguiente: El yoga fue concebido en la India y, por lo tanto,
las posturas que en esta disciplina se usan, fueron proyectadas para que
nosotros nos sintiéramos lo más cómodos posible. Nosotros nos sentamos en el
suelo. De esta forma, quien ensayó la postura del loto, al ser oriental, no
pudo concebir otra forma de sentarse que no fuera en el suelo. Si en vez de ser
oriental el maestro que ingenió esta postura, hubiese sido occidental, esta
postura, con toda seguridad, se haría sentado en una cómoda silla. Por lo
tanto, y como lo que esta disciplina busca es la comodidad de la persona, para
que la persona pueda encontrar a su vez la relajación que le lleve a la
perfección del yoga, vosotros los occidentales tendréis que buscar una forma cómoda
para poder llevar a cabo esta postura. Lo primero que debes hacer, es buscar una
postura cómoda. Si tienes que fabricarte una silla, hazlo. Una vez que hayas
conseguido una postura cómoda, habrás encontrado la posición del loto.
El
principio de esta ciencia —siguió diciendo el maestro—, es muy parecido a
tu principio, y a todo principiante que se enfrenta por primera vez al yoga. Los
mismos problemas que a ti se te han presentado, siendo occidental como eres, se
le presentaron también a Arjuna, un guerrero oriental de buen corazón que
antes de entrar en batalla, solía decir: ¿Por qué tengo que luchar contra mis
propios parientes? Pues, bien, cuando se decidió a aprender el yoga, y le
explicaron cómo sentarse, cómo mantener erguido el cuerpo, cómo mantener los
ojos cerrados y como mirar a la punta de la nariz sin distraer la atención, y
todo ello en un lugar retirado y en soledad, replicó:
Yo
‘yarh yogas tvayá proktah
samyen madhusüdana
stasyaham
na pasyami
cañcalatva
sthitim sthirâm.
¡Oh!
Dios mío. El sistema de yoga
que
has resumido para mí
no
es práctico
ni
posible de soportar.
Aquel
día fue cuando comprendí que antes de cualquier disciplina, que antes de
cualquier ciencia, y que antes de cualquier otra cosa estaba por encima el ser
humano. El alumno ha de encontrar primero su postura cómoda, para encontrar
después el camino de la verdad. Y
esto es así porque no todos estamos constituidos ósea ni anatómicamente
iguales. Y en todo esto también hay que tener en cuenta la vejez, las
mutilaciones y las deficiencias físicas.
El
yoga busca, ante todo, el dominio del cuerpo, la relajación, la salud y el
equilibrio. Y todo esto no se puede conseguir si estamos en una postura forzada,
incómoda y, en muchas ocasiones, con dolor. Pues hay que tener en cuenta que,
aunque hay muchas personas que al cabo de unos meses se acostumbran a las
posturas orientales, hay otras que no pueden por mucho tiempo que pase y por
mucho que se lo propongan.
Creo
haberlo dicho antes, pero en la elección de quienes hayan de ser nuestros
maestros, tendremos que ser muy cuidadosos a la hora de elegirlos. Hay maestros
que frecuentemente utilizan en las relaciones con los alumnos mensajes y
expresiones que lesionan su autoestima, dificultan su crecimiento y obstaculizan
la comunicación. Cuando los maestros se comunican con los alumnos en términos
de «dirigir» y «mandar», les están transmitiendo con su actitud que no los
valoran adecuadamente, ni creen en la capacidad del alumno para comprenderse a sí
mismo y para resolver sus propios problemas. A través de las directrices y
mandatos se les están sugiriendo sutilmente mensajes de infravaloración: «tú
no vales», «tú no sabes», «tú no eres capaz».
Para justificar los maestros estas actitudes es frecuente que las acompañen
con declaraciones pretendidamente sobreprotectoras: «si te lo digo es por tu
bien», pero no por eso dejan de ser nocivas.
Otra
dificultad para aprender es la amenaza y el chantaje. La amenaza y el chantaje
intentan socavar la libertad y la autonomía, aprovechándose los maestros de la
situación de fuerza que tienen sobre los alumnos. En la amenaza se busca el
sometimiento, con la amenaza de que nunca alcanzará los objetivos
preestablecidos y, para que ésta sea más eficaz, se bombardean las zonas más
sensibles de los alumnos: su miedo al abandono, a la soledad. En chantaje tiene
prácticamente la misma estructura que la amenaza. La diferencia es que puede
usarse bajo formas más sutiles. El chantaje castiga con la pérdida de algo que
es muy importante para el alumno: afecto, protección, deferencia..., «si no
haces esto, no cuentes con mi apoyo».
Los
efectos psicológicos que se originan cuando el maestro se comunica mal con el
alumno, son siempre perniciosos, pues les ponen en una alternativa poco honrosa:
si se somete al maestro por temor a la amenaza, evitará la atención del
maestro, pero se sentirá humillado y cobarde; si se revela y no acepta las
amenazas del maestro, no será dependiente, pero quedará sometido al abandono
prometido.
En
otras ocasiones, las actitudes de ciertos maestros cuando se encuentran con un
alumno angustiado porque no pueden llevar a efecto la dieta, el ejercicio o la
meditación, es la de «aconsejar» o «recetar» soluciones. Una y otra vez
empujan al alumno a que actúe de acuerdo con la solución que ellos creen mejor
desde su propio marco de referencia. Para convencer al alumno a que ponga en
practica los consejos, le suelen decir: «Te habla la voz de la experiencia»,
«Esto siempre me dio buen resultado a mí».
Esta
actitud de los maestros se basa en la premisa «yo sé mejor que tú lo que a ti
te conviene». En las diversas formas en que puede practicarse esta forma de
dirigir, se manifiesta una falta de confianza en la capacidad de los alumnos
para afrontar y resolver sus propios problemas y dificultades, y por el
contrario, la necesidad del maestro para aparecer como un héroes salvador.
Estas
actitudes provocan un gran bloqueo en la comunicación franca y abierta con los
alumnos. De diversos modos se les está trasmitiendo: «yo soy más inteligente»,
«la verdad es mía».
También
puede ocurrir lo contrario, es decir, que el maestro, para no perder al alumno,
halague inmerecidamente su ego. Esto sucede cuando el concepto que se le expresa
es más positivo que el concepto que tiene de sí mismo el alumno. Así sucede,
por ejemplo cuando el maestro ofrece una alabanza que el alumno considera
inmerecida, o la hace en un contexto que el alumno considera improcedente, o se
le pone de «modelo» delante de un compañero o grupo con riesgo de provocar
envidias o rencillas entre ellos.
Otro
obstáculo que sigue al anterior es el de catalogar y comparar al alumno con
otros. De este modo se viene a negar prácticamente a los alumnos el derecho a
tener su propia individualidad, su identidad personal: no puede ser como es, ni
puede sentirse como se siente, ni se le reconoce el derecho a ver las cosas como
las ve. Se le compara con un «modelo» y se le indica que si quiere progresar
tendrá que ser como esa otra persona. La comparación y la invitación a imitar
se puede expresar de formar muy diversas: « a ver cuando eres tan trabajador
como ése». Otras veces se hace de una forma más sutil, por ejemplo, se alaba
la conducta de aquél a quien se supone una invitación a imitarlo: «Ése sí
que sabe hacer las cosas bien...»
No
digo yo que estos maestros tengan mala fe a la hora de comportarse de esta
forma, se supone que lo hacen para intentar que el alumno progrese. Ponen estas
comparaciones para «picar» al alumno y motivarlo más en la consecución de un
objetivo. Pero el resultado, sin embargo, suele ser muy diferente. Toda persona
que ha sido comparada con los demás se siente rebajada, insegura, dependiente
de la opinión de los demás y busca angustiosamente la aprobación de los
otros. Y esto, mis queridos lectores, es lo contrario de lo que busca la práctica
del yoga.
El
buen maestro, según el libro sagrado de los Vedas, es aquel que:
Suhrn
mitrâry udâsina
madhyastha
dvesya bandhusu
sâdhusv
api ca pâpesu
sama
buddhii visisyate.
Se dice que un maestro
es
más avanzado
cuando
trata a todos sus alumnos
con
la misma igualdad.