LA PUERTA SECRETA DE LOS SACRAMENTOS DEL VERDADERO YOGA

Parte 9ª - EL LOTO

En el yoga existen más de 80 mil posturas o «asanas». Cada maestro, según de quién haya recibido la instrucción, o cada corriente religiosa, practican un número elegido de ellas que nunca pasa de las 60 ó 70 posturas. Como es natural, en esta serie de artículos monográficos, sería imposible darlas a conocer todas, así, pues, y como la intención de estos escritos no es la de que nadie pueda practicar el yoga mediante su lectura, sino ponerle al corriente de los múltiples peligros que detrás de esta mística ciencia se pueden esconder, me voy a dedicar a describir las más importantes:

La postura del loto es, con toda seguridad, la más importante de cuantas se practican en el yoga. Conocida también como «Padmâsana», es el medio que esencialmente se usa para meditar.

Con esta postura se logra por afinidad el mismo sosiego que se observa en la flor de loto, esa planta que procede de Asia y que flota sosegadamente en pantanos, lagos y embalses de los bosques y de las selvas, y en algunos estanques de nuestros jardines. Flor que necesita  soledad para medrar, aire libre para florecer e iluminación para manifestarse, cuyo único contacto con la tierra son los largos rizomas que le sirven de cordón umbilical para alimentarla mientras madura al sol y produce fotosíntesis y oxigena el agua, para lograr con ello que infinidad de animales acuáticos puedan vivir en un mundo feliz y completamente limpio.

El loto, es la flor consagrada a la naturaleza. En la tradición hindú representa el espíritu del fuego, el aliento del calor, el hálito que emana del agua donde mora el pez dios llamado Matsya, cuyos rizomas surgen del ombligo de Visnu, el dios que reposa en las aguas junto al pez Mantsya y junto a la serpiente Ananta, en compensación por haber ayudado a Manu a salir de  las aguas cuando sobrevino el diluvio.

Grandes problemas tuve yo para aprender esta postura. Pues yo quería hacerlo imitando en toda a mi maestro. Difícil empresa la mía, pues esta postura se lleva a efecto sentado sobre el suelo y con los ojos cerrados. Colocando el pie derecho sobre el muslo izquierdo y el pie izquierdo sobre el muslo derecho, pasando la pierna izquierda por encima de la pierna derecha, al mismo tiempo que hay que intentar acercar al máximo las plantas de los pies al abdomen. Y ya, por último, apoyar las manos sobre las rodillas. Juzgar vosotros mismos, mis apreciados lectores, mis sufrimientos y mis dificultades.

El maestro me dejaba hacer. Parecía como si a él le importase poco lo que yo estaba intentando lograr. Un día, cuando posiblemente percibió que yo necesitaba ayuda, pues una de las reglas del aprendizaje consiste en dejar que los alumnos descubran la facilidad o dificultad de un ejercicio por ellos mismos, me dijo lo siguiente: El yoga fue concebido en la India y, por lo tanto, las posturas que en esta disciplina se usan, fueron proyectadas para que nosotros nos sintiéramos lo más cómodos posible. Nosotros nos sentamos en el suelo. De esta forma, quien ensayó la postura del loto, al ser oriental, no pudo concebir otra forma de sentarse que no fuera en el suelo. Si en vez de ser oriental el maestro que ingenió esta postura, hubiese sido occidental, esta postura, con toda seguridad, se haría sentado en una cómoda silla. Por lo tanto, y como lo que esta disciplina busca es la comodidad de la persona, para que la persona pueda encontrar a su vez la relajación que le lleve a la perfección del yoga, vosotros los occidentales tendréis que buscar una forma cómoda para poder llevar a cabo esta postura. Lo primero que debes hacer, es buscar una postura cómoda. Si tienes que fabricarte una silla, hazlo. Una vez que hayas conseguido una postura cómoda, habrás encontrado la posición del loto.

El principio de esta ciencia —siguió diciendo el maestro—, es muy parecido a tu principio, y a todo principiante que se enfrenta por primera vez al yoga. Los mismos problemas que a ti se te han presentado, siendo occidental como eres, se le presentaron también a Arjuna, un guerrero oriental de buen corazón que antes de entrar en batalla, solía decir: ¿Por qué tengo que luchar contra mis propios parientes? Pues, bien, cuando se decidió a aprender el yoga, y le explicaron cómo sentarse, cómo mantener erguido el cuerpo, cómo mantener los ojos cerrados y como mirar a la punta de la nariz sin distraer la atención, y todo ello en un lugar retirado y en soledad, replicó:

Yo ‘yarh yogas tvayá proktah
samyen madhusüdana
stasyaham na pasyami
cañcalatva sthitim sthirâm.

¡Oh! Dios mío. El sistema de yoga
que has resumido para mí
no es práctico
ni posible de soportar.

Aquel día fue cuando comprendí que antes de cualquier disciplina, que antes de cualquier ciencia, y que antes de cualquier otra cosa estaba por encima el ser humano. El alumno ha de encontrar primero su postura cómoda, para encontrar después el camino de la  verdad. Y esto es así porque no todos estamos constituidos ósea ni anatómicamente iguales. Y en todo esto también hay que tener en cuenta la vejez, las mutilaciones y las deficiencias físicas.  

El yoga busca, ante todo, el dominio del cuerpo, la relajación, la salud y el equilibrio. Y todo esto no se puede conseguir si estamos en una postura forzada, incómoda y, en muchas ocasiones, con dolor. Pues hay que tener en cuenta que, aunque hay muchas personas que al cabo de unos meses se acostumbran a las posturas orientales, hay otras que no pueden por mucho tiempo que pase y por mucho que se lo propongan.

Creo haberlo dicho antes, pero en la elección de quienes hayan de ser nuestros maestros, tendremos que ser muy cuidadosos a la hora de elegirlos. Hay maestros que frecuentemente utilizan en las relaciones con los alumnos mensajes y expresiones que lesionan su autoestima, dificultan su crecimiento y obstaculizan la comunicación. Cuando los maestros se comunican con los alumnos en términos de «dirigir» y «mandar», les están transmitiendo con su actitud que no los valoran adecuadamente, ni creen en la capacidad del alumno para comprenderse a sí mismo y para resolver sus propios problemas. A través de las directrices y mandatos se les están sugiriendo sutilmente mensajes de infravaloración: «tú no vales», «tú no sabes», «tú no eres capaz».  Para justificar los maestros estas actitudes es frecuente que las acompañen con declaraciones pretendidamente sobreprotectoras: «si te lo digo es por tu bien», pero no por eso dejan de ser nocivas.

Otra dificultad para aprender es la amenaza y el chantaje. La amenaza y el chantaje intentan socavar la libertad y la autonomía, aprovechándose los maestros de la situación de fuerza que tienen sobre los alumnos. En la amenaza se busca el sometimiento, con la amenaza de que nunca alcanzará los objetivos preestablecidos y, para que ésta sea más eficaz, se bombardean las zonas más sensibles de los alumnos: su miedo al abandono, a la soledad. En chantaje tiene prácticamente la misma estructura que la amenaza. La diferencia es que puede usarse bajo formas más sutiles. El chantaje castiga con la pérdida de algo que es muy importante para el alumno: afecto, protección, deferencia..., «si no haces esto, no cuentes con mi apoyo».

Los efectos psicológicos que se originan cuando el maestro se comunica mal con el alumno, son siempre perniciosos, pues les ponen en una alternativa poco honrosa: si se somete al maestro por temor a la amenaza, evitará la atención del maestro, pero se sentirá humillado y cobarde; si se revela y no acepta las amenazas del maestro, no será dependiente, pero quedará sometido al abandono prometido.

En otras ocasiones, las actitudes de ciertos maestros cuando se encuentran con un alumno angustiado porque no pueden llevar a efecto la dieta, el ejercicio o la meditación, es la de «aconsejar» o «recetar» soluciones. Una y otra vez empujan al alumno a que actúe de acuerdo con la solución que ellos creen mejor desde su propio marco de referencia. Para convencer al alumno a que ponga en practica los consejos, le suelen decir: «Te habla la voz de la experiencia», «Esto siempre me dio buen resultado a mí».

Esta actitud de los maestros se basa en la premisa «yo sé mejor que tú lo que a ti te conviene». En las diversas formas en que puede practicarse esta forma de dirigir, se manifiesta una falta de confianza en la capacidad de los alumnos para afrontar y resolver sus propios problemas y dificultades, y por el contrario, la necesidad del maestro para aparecer como un héroes salvador.

Estas actitudes provocan un gran bloqueo en la comunicación franca y abierta con los alumnos. De diversos modos se les está trasmitiendo: «yo soy más inteligente», «la verdad es mía».

También puede ocurrir lo contrario, es decir, que el maestro, para no perder al alumno, halague inmerecidamente su ego. Esto sucede cuando el concepto que se le expresa es más positivo que el concepto que tiene de sí mismo el alumno. Así sucede, por ejemplo cuando el maestro ofrece una alabanza que el alumno considera inmerecida, o la hace en un contexto que el alumno considera improcedente, o se le pone de «modelo» delante de un compañero o grupo con riesgo de provocar envidias o rencillas entre ellos.

Otro obstáculo que sigue al anterior es el de catalogar y comparar al alumno con otros. De este modo se viene a negar prácticamente a los alumnos el derecho a tener su propia individualidad, su identidad personal: no puede ser como es, ni puede sentirse como se siente, ni se le reconoce el derecho a ver las cosas como las ve. Se le compara con un «modelo» y se le indica que si quiere progresar tendrá que ser como esa otra persona. La comparación y la invitación a imitar se puede expresar de formar muy diversas: « a ver cuando eres tan trabajador como ése». Otras veces se hace de una forma más sutil, por ejemplo, se alaba la conducta de aquél a quien se supone una invitación a imitarlo: «Ése sí que sabe hacer las cosas bien...»

No digo yo que estos maestros tengan mala fe a la hora de comportarse de esta forma, se supone que lo hacen para intentar que el alumno progrese. Ponen estas comparaciones para «picar» al alumno y motivarlo más en la consecución de un objetivo. Pero el resultado, sin embargo, suele ser muy diferente. Toda persona que ha sido comparada con los demás se siente rebajada, insegura, dependiente de la opinión de los demás y busca angustiosamente la aprobación de los otros. Y esto, mis queridos lectores, es lo contrario de lo que busca la práctica del yoga.

El buen maestro, según el libro sagrado de los Vedas, es aquel que:

Suhrn mitrâry udâsina
madhyastha dvesya bandhusu
sâdhusv api ca pâpesu
sama buddhii visisyate.
 

Se dice que un maestro
es más avanzado
cuando trata a todos sus alumnos
con la misma igualdad.

 

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