A
consecuencia de unos comentarios que han surgido en algunos foros de debate
sobre ciertas afirmaciones que se hacen en mi libro «El último secreto de
los caballeros templarios», moderadores de los mismos me han persuadido sobre
la conveniencia o no conveniencia de que yo diese contestación a dichas
cuestiones.
En
uno de los mensajes que me han enviado, un participante del foro cuyas
iniciales corresponden a G.J.R.R., dice textualmente:
«...Este hombre se está arriesgando mucho al escribir este
libro: Se arriesga a ser interrogado, como se le hizo al Temple, por ciertos
grupos interesados en sus mecenas y, así saber el paradero de estos
mecenas...» Y otro miembro del mismo foro, con mucho sentido común
le contesta: «...De todas formas no hay que olvidar Hermano, que lo que
estamos leyendo es novela histórica, no historia; no debemos mezclar...»
Son
muchos los lectores que me escriben para hacerme preguntas de muy diversas índoles.
A todos procuro contestar lo más pronto y honradamente que puedo. Pero
tenemos que comprender que no todas las preguntas pueden ser contestadas con
ecuanimidad; una cosa es ser preguntado sobre algún fragmento o detalle de la
historia de los caballeros templarios o de cualquier reseña histórica que
les pueda interesar, y otra, muy distinta, es ser consultado sobre asuntos
personales. A la primera siempre se puede contestar con objetividad porque lo
que no se sabe se consulta; la segunda, unas veces se puede contestar y otras
veces no. Y esto ocurre así porque ninguno de nosotros vivimos solos en el
mundo. Hay veces que no puedes desvelar ciertos misterios sin dañar a otros
porque lo que se ha de contestar, quizás, ya no incumba sólo a tu propia
existencia, sino también a la existencia de otros que colaboran contigo o tú
con ellos en una tarea común. Sé que hasta las personas más juiciosas se
estremecen cuando tratan de determinar dónde se originan las fronteras del
secreto y cuáles son las virtudes del silencio.
Este
tema se presta a dos reflexiones: La primera es el aspecto externo y exotérico,
y la segunda el interno y esotérico. Es decir, que el secreto es un recurso
mundano de defensa relativamente fácil, mientras que, contrariamente, el
silencio es esencialmente espiritual y no tiene nada que ver con las
conveniencias mundanas. Pero ambos, secreto y silencio, siendo tan diferentes,
no pueden ir separados. Para explicarlo con palabras de uno de mis más
queridos y amados maestros, Arthur Edward Powell, partidario de ser llamado
Arturo y de disfrutar de las cálidas y medicinales aguas del mar Menor, diré
que: El amor a lo misterioso es saludable y beneficioso si se dirige
cuerdamente, pues no existe nadie por cínico que sea que no abrigue una
secreta atracción hacia el misterio. Porque ¿quién no ansía por escéptico
que sea conocer y comprender el significado de la Naturaleza con todas sus
maravillas, de la vida y de la muerte, de la conciencia, del origen y destino
de las miríadas de vidas de que está lleno el Universo y de lo que existe en
las estrellas, así como de su duración? Cuántas personas darían años de
su vida por estar al tanto de esos secretos; y cuántas le habrán orado a
Dios para que les sean desvelados los secretos de la creación, obteniendo
como única respuesta el silencio más profundo. El silencio de Dios nos
invita a descubrir por nosotros mismos los mencionados secretos. Por ello no
existe felicidad tan verdadera como la del hombre de ciencia que estudia los
milagros de la Naturaleza para arrancar de ella aunque sean diminutos
fragmentos... Y, sin embargo, hoy ya no, pero hubo una época en que el
pensamiento original, las investigaciones científicas, la cultura y,
principalmente, las especulaciones religiosas fueron ocupaciones que entrañaban
grandes peligros si no se realizaban bajo el más estricto secreto. Lo que
quiere decir que lo que hoy tenemos que ocultar, mañana podemos predicarlo a
los cuatro vientos. Hay tiempo para callar y tiempo para comunicar.
Así,
pues, una lección valiosa que se desprende de la práctica del secreto es la
del dominio de la lengua. Se dice que la lengua es el miembro más rebelde del
cuerpo y el más difícil de dirigir, y, en verdad que pocos hombres son
capaces de conservar un secreto, ya sea éste grande o pequeño. Casi todos
tienen propensión a las debilidades de la curiosidad, con cuyo defecto va
unido íntimamente el deseo de saciar la curiosidad ajena, comunicando al prójimo
lo que sería conveniente guardar en secreto. Por todo ello debemos decir que
múltiples y valiosos son los deberes del silencio, así como de su belleza y
misterio. Del silencio hemos salido y a él deberemos retornar cuando nos
llegue la hora. En el silencio solitario de nuestros corazones es donde
descubrimos las grandes experiencias de la vida y del amor. Porque cuando el
corazón está en silencio la inspiración aparece y la visión se aclara. En
el desvelo silencioso de la noche, en la calma del desierto, en las cumbres
solitarias de las montañas, en el sosiego de los bosques, en las enigmáticas
cercanía de la ermita del Cañón de Río Lobos y bajo el plateado dosel de
las estrellas las pasiones se debilitan, la iluminación emana de la mente, el
corazón se hincha y el espíritu adquiere alas para remontarse al cielo.
Entre los amigos existe una comprensión, una inteligencia callada: no existe
simpatía más real ante el dolor que la silenciosa. En las miradas de los
perros y de los caballos se descubren mudas comprensiones que, a veces, nos
parecen más verdaderas y consoladoras que las más elocuentes palabras de los
hombres.
Los
que más hablan son los que menos hacen. El silencio interno indicador del
dominio completo y consciente sobre todo el organismo humano es esencial para
esa obra constante, persistente y concienzuda que conduce hacia las grandes
realizaciones y hazañas, tales como las de los caballeros templarios. Lo
propio ocurre con la amistad cuando llegan momentos de separación. Si el
afecto es débil, acabará por desaparecer; pero si es fuerte, su fortaleza
aumentará en amor hacia el amigo ausente.
Pocos
son los oyentes, pero el mundo está lleno de grandes habladores. Cuando Jesús
sanó al hombre enfermo le recomendó que siguiese su camino y no contase a
nadie lo que había ocurrido. El hombre guardó el secreto, y, guardándolo,
descubrió que en el silencio de nuestros propios corazones es donde únicamente
podemos encontrarnos a nosotros mismos y al Dios que se nos revela
secretamente todos los días con ánimo de dialogar con nosotros en la
grandiosidad del silencio.
Hay
veces que una persona esta sujeta al silencio por ser veladora de un secreto.
Y sólo cuando es liberado del compromiso de salvaguardarlo puede confesarlo,
difundirlo o contestarlo. Jesús, como maestro confidencial de sus discípulos,
también mantuvo, mientras le fue necesario, muchos secretos con ellos, y sólo
cuando llegó el momento de darlos a conocer, fueron liberados del compromiso
de reservarlos, porque «no hay nada oculto que no llegue a descubrirse, ni
secreto que no venga a conocerse. Lo que yo os manifesté ayer en la
oscuridad, decidlo hoy a la luz, y lo que yo os detallé celadamente al oído,
predicadlo sobre los terrados...» Mt. 10, 27.