Los
días 6 al 10 de agosto de 2003, se celebró en Barcelona el «II Sínodo
Europeo de Mujeres» bajo el lema: «Atrevernos con la Diversidad».
Mi
único mérito para haber sido invitado a este importante evento fue el
reconocimiento de las organizadoras por haber escrito hace unos años el libro
titulado, «Alabado seas por no haberme hecho mujer»; un ensayo sobre el
problema de la mujer visto desde el comienzo de los tiempos hasta nuestros días
que, a través de minuciosas averiguaciones, viene a demostrarnos que cuando se
nace en un mundo donde la mujer es violada, maltratada, asesinada, discriminada,
echado al rostro ácido por contradecir al padre o al marido, hay que dar
gracias a Dios por no haber nacido mujer.
El
mensaje que este año nos traían estas mujeres era el siguiente: «Nosotras más
de 700 mujeres provenientes de toda Europa y del mundo: Este y Oeste, Sur y
Norte, negras y blancas, de diferentes etnias, orígenes sociales, orientación
sexual, fe religiosa, distintas edades, capacidades, medios económicos,
reunidas nos dirigimos a nosotras mismas y a nuestras respectivas instituciones
sociales, políticas, religiosas y a toda gente de buena voluntad, para expresar
nuestras preocupaciones, deseos y compromisos a fin de continuar construyendo la
Europa que nosotras deseamos».
Nosotros,
los hombres, en nuestra ansia por creernos erróneamente el centro de la creación,
le hemos quitado a la mujer miles de años de igualdad, por no decir de
libertad. Afirmamos que sólo el hombre podía ser intermediario de Dios, y para
corroborarlo, escribimos una serie de libros diciendo que nos habían sido
inspirados por Él. En ellos, escritos en todos los idiomas y religiones del
mundo, alegábamos que la mujer fue creada exclusivamente para ser subalterna
del hombre, con la única misión de parir con dolor, cuidar de sus hijos,
servir a su marido y obedecerle en todas las cosas.
Después,
seguimos escribiendo otros libros, predicando, exponiendo y dando conferencias,
y en todos ellas ignorábamos a la mujer y nos poníamos nosotros como los
buenos y a ella como la compañera que nos condujo al pecado.
Desde
entonces hasta ahora la mujer ha aparecido siempre como la villana de la creación,
y el hombre como el engañado y el bueno. Pero en nuestra ambición por hacer
aparecer a la mujer en todas todos los libros sagrados de todas las religiones
que pueblan la tierra como la mala, no nos hemos dado cuenta que en los
infiernos sólo hemos puesto diablos y ninguna diabla. ¡Vaya fallo que tuvimos!
¡No sé cómo algo tan importante se nos pudo escapar de las manos! Pero, en
fin, todavía tiene remedio.