El hecho de que los que ostentan
el poder hayan percibido un tanto por ciento por concesiones, autorizaciones,
licencias, privilegios y otros asuntos similares, es tan antiguo como la misma
política. Son operaciones tan íntimas y difíciles de demostrar que ningún
juez, por sabio que sea, podrá poner en claro jamás porque nunca encontrará
pruebas que delaten a los infractores. Este es de todos los casos con que un
juez puede encontrarse, el único que nunca será resuelto. Pues al ser dos
personas las que se benefician, nunca habrán facturas ni otros papeles por
medio. El Derecho Penal es muy claro en cuanto a esto: «La acusación de
palabra por sí sola nunca debe considerarse una prueba de culpabilidad».
En el año 1306, siendo rey
de Castilla don Sancho IV, y Adelantado en Murcia don Juan Manuel, se dice que
habiendo ofrecido este último una comida para agasajar a sus agregados políticos,
el Adelantado les hizo la siguiente pregunta: «Señores, pese a que exigimos
nuevos impuestos, concedemos distintas licencias y modernos privilegios,
nuestras rentas no hacen más que disminuir. ¿Podéis explicarme este
contrasentido?» Varias opiniones y teorías económicas fueron expuestas por
los comensales, algunos de ellos eruditos en la materia, pero ninguna resultó
favorable.
Viendo don Juan Manuel que sus representantes no le daban una respuesta
satisfactoria, se dirigió al humilde camarero que les estaba sirviendo la mesa,
y le preguntó: «¿Qué piensas tú de esto Vicente?». El camarero salió de
la estancia, y al poco volvió con un saco de harina. Luego, tomó de él un puñado
grande de harina, y levantándolo en alto para que todos los comensales lo
vieran, lo pasó después al concejal que ocupaba el último puesto en la mesa y
pidió que lo fueran pasando de mano en mano hasta que el puñado de harina
llegara a las manos del Adelantado del Rey que se hallaba sentado en el extremo
opuesto de la larga mesa. Cuando el puñado de harina, ya bastante reducido,
llegó a su destino, todos los convidados tenían las manos y algunas partes de
sus ropas manchadas de harina. Entonces, el camarero, dirigiéndose hacia el
Adelantado, dijo: «¿Comprende ahora vuestra excelencia por qué el dinero se
ha reducido tanto cuando llega a vuestras manos?». Y en el pesado silencio que
se produjo, el Adelantado hizo con la cabeza un gesto de asentimiento.