Los que hemos nacido o vivimos en esta mágica región, conocida
sobradamente en todo el mundo como la Región de Murcia, hemos tenido que
soportar en muchas ocasiones, sobre todo cuando hemos estado fuera de ella,
aquello de: «¡Ah, eres de Murcia! Pues hay un refrán que dice: “Mata al Rey
y vete a Murcia”.» Quienes esto dicen, casi siempre en tono despectivo o a
manera de broma, ignoran seguramente que esta frase nació de un privilegio que
le fue concedido al Reino de Murcia. Las posesiones de nuestro reino que
lindaban por aquellos tiempos con las fronteras andaluzas, ocupadas y reinadas
por los árabes, eran muy peligrosas y a duras penas se podían defender sin
dejar la vida en tan difícil empeño. Por este embarazoso motivo era totalmente
imposible reclutar soldados o contratar paisanos que voluntariamente quisieran
ser enviados a defender tan arriesgadas y levantiscas fronteras. Este fue el
motivo por el que el Rey tomó la decisión de ofrecer a los malhechores que
hubieran cometido delitos de robo o de sangre en otros reinos, amparo y protección
en el nuestro. Siempre, claro está, que se fueran a vivir al borde de las
fronteras andaluzas y estuvieran dispuestos a defenderlas hasta dar la última
gota de su sangre si fuera preciso. Y hay que decir, en honor a la verdad, que
si no hubiera sido por esta famosa ley de asilo, el Reino de Murcia hubiera sido
invadido y ocupado por los moriscos y, después, uno a uno, los restantes reinos
de la Península Ibérica.
Pero también hay que decir, sin embargo, que para protegerse de este
privilegio, esta región tuvo que endurecer mucho sus propias leyes y gastar
considerables sumas de dinero en comprar modernas armas para dotar con ellas a
sus alguaciles. Y si como muestra vale un botón, veamos uno de los numerosos
bandos que por aquellos días circulaban por este feudo: «Se
hace saber que de ahora en adelante los que hurten o quebranten colmenas, serán
castigados la primera vez con la pérdida de un píe y la segunda con la vida.»
Si por hurtar o quebrantar una colmena se aplicaban tales castigos, figúrense
ustedes qué les podría ocurrir a quienes tuvieran delitos de sangre. De ahí
que vivieran refugiados en Murcia muchos malhechores de otros reinos, sobre todo
del Reino de Aragón, que era el reino que delimitaba con nuestras fronteras.
Pero podemos asegurarles que eran muy pocos los que volvían a delinquir aquí,
porque si esto ocurría, y ocurría pocas veces, caía sobre el infractor todo
el peso de nuestras rigurosos e inconmovibles leyes. Entonces fue cuando se
comenzó a popularizar esta frase, que todavía está tan de actualidad, de: «Mata
al Rey y vete a Murcia.»
Mucho tiempo estuvieron beneficiándose los malhechores foráneos de este
privilegio, hasta que un día del año 1268 ocurrió un acontecimiento que
estaba destinado a acabar con él.
Dice la leyenda que en Valencia había una joven que era el más lindo
pimpollo que se paseaba por la ciudad. La moza tenía veinte años recién
cumplidos y era más salada que las salinas de San Pedro del Pinatar. Si a todos
estos encantos añadimos que el padre de la joven, al pasar a mejor vida, le había
legado una enorme fortuna, bien podrán ustedes figurarse que no eran pocos los
caballeros que andaban tras de tan linda golosina.
El rey don Jaime, bajo cuya potestad estaba la moza desde la muerte de su
padre, la había prometido en matrimonio a un caballero que era su primo. La
joven no amaba a este caballero.
Pero como cuando menos se piensa salta la liebre en nuestras vidas,
sucedió que la doncella fue un Jueves Santo, acompañada de su dama de compañía,
a recorrer estaciones. Dicen que cuando entró en la catedral, se cruzó con un
joven muy apuesto, y que ambos quedaron al punto el uno prendado del otro.
Isabel, que así se llamaba la hermosa joven, se dirigió hacia la pila
bautismal con ánimo de mojar sus primorosos dedos en ella. Y antes de que
introdujera su mano en la pila, el desconocido caballero, con galantería
extrema, le presentó una rosa roja empapada en agua bendita. Ella alzó los
ojos y sus mejillas se tiñeron tanto de carmín, que ya no hubo una, sino dos
rosas.
Había llegado el amor para la bella Isabel. El mozo le hizo un saludo
muy gentil y aunque su boca permaneció en todo momento muda, su mirada lo dijo
todo. La declaración de amor, aunque muda, quedó hecha, y la doncella, al no
devolver la rosa, había aceptado la declaración.
Enterado el prometido de Isabel de este sucedido, retó a duelo al ladrón
que intentaba robarle su acaudalado patrimonio. El primo del rey don Jaime murió
aquella noche en duelo a manos del joven desconocido. Y aunque había sido un
duelo en toda regla, pues así lo juraron los padrinos de ambos caballeros. El
rey dio orden de detener y juzgar por homicidio al anónimo caballero. Al
enterarse el joven de que estaba siendo buscado por los justicias del rey, tomó
algunas de sus pertenencias y se refugió en el Reino de Murcia.
El rey don Jaime estaba muy enojado, y como era suegro de don Alfonso,
habló con él y le pidió que suprimiera el célebre privilegio. Al día
siguiente, todos los alcaldes y alguaciles del Reino de Murcia recibieron la
siguiente carta firmada por el rey Alfonso X. «Tengo
por bien y os mando que todos los malhechores de la tierra del Reino de Aragón
que estén acogidos o se acojan al Reino de Murcia que tengan delitos de muerte
o de sangre que sean prendidos para darlos a la justicia de los lugares o villas
del Reino de Aragón donde hayan cometido o tengan pendiente delito de culpa.
Dado en Sevilla a diez de Agosto de 1268. »
Aquí terminó el privilegió de acogida que tenía el Reino de Murcia.
Privilegio que durante muchos años fue el paraíso de malhechores, criminales y
ladrones. Y desde entonces, aquellos que nos espetan lo de: «Mata al rey y vete
a Murcia» con claros ademanes de guasa, ignoran y seguirán ignorando, que
gracias a los murcianos viven ellos en esta época en un país armonioso y
democrático, porque si no hubiera sido por este refrán, como ellos mismos lo
llaman, la frontera Andalusí hubiera quedado debilitada y quizás España, hoy,
no se escribiría con letras españolas sino con signos árabes.