Después de haber comprobado por
los anteriores artículos, cómo el tabaco fue siendo introducido primero en las
esferas más privilegiadas y luego, al ser abaratado, en todas las sociedades,
venimos a desembocar en la época actual. Ahora, cuando las investigaciones médicas
son bastante fiables, se nos alerta desde todas las organizaciones sanitarias
que el tabaco es nocivo para la salud. Y el Gobierno, ese Gobierno que multa por
no llevar el cinturón de seguridad, o por usar el teléfono móvil cuando vamos
conduciendo, aduciendo para ello que los accidentes que se producen por no
cumplir estas normas les cuesta a la Seguridad Social un montón de dinero, lo
único que hace es exigirle a las industrias tabacaleras que anuncien en sus
cajetillas que el tabaco es nocivo para la salud, como si los que enferman por
fumar entraran en las residencias sanitaria o en los hospitales gratis.
Grandes y espeluznantes carteles de prevención podemos ver escritos en
las superficies de los paquetes de cigarrillos. Desde que «El tabaco mata», «Fumar
acorta la vida», «El tabaco provoca impotencia» hasta «El tabaco produce cáncer»
y «Fumar puede causar una muerte lenta y dolorosa», se pueden leer infinidad
de variados mensajes que ponen la carne de gallina. Y con ello, queramos o no,
tanto los fabricantes como el Gobierno se eximen de sus responsabilidades.
Si alguien se pregunta por qué desde que apareció el tabaco hasta
nuestros días todos los gobiernos del mundo han sido tan condescendientes con
él, le ruego que lea el siguiente razonamiento:
«La historia
francesa dice que una dama
que ocupaba una posición muy destacada en la corte napoleónica, censuraba en
presencia de Telleyrand el uso del
tabaco, a la vez que invitó a éste a que empleara todos sus recursos para
combatir ese pernicioso vicio. Fumar y aspirar rapé —contestó el ministro— son, en efecto, vicios
censurables, y estoy dispuesto, en la medida de lo posible, a hacerlos
desaparecer. Sin embargo, antes de dar ese paso, le ruego me indique dos
virtudes que hagan entrar en las arcas del tesoro, todos los años, ciento
veinte millones de francos, que es lo que produce el tabaco al Estado».