Ante
los últimos y dolorosos acontecimientos que recientemente hemos sufrido, creo
hablar en nombre de todos los componentes de esta revista, cuando enérgicamente
digo que rechazo toda clase de terrorismo.
En
mi largo caminar por la vida, viajando por casi todas las partes de la tierra,
he conocido e investigado las religiones más importantes del mundo, las
religiones que mueven la fe de millones y millones de seres humanos distintos. Y
todas ellas, aunque diferentes en muchas cosas, coinciden en afirmar que la vida
es un don de Dios y que quien atenta contra la vida del prójimo, comete el
mayor de los pecados. Así, pues, vemos como el existir es algo en lo que todas
las religiones convergen porque la vida como tal pertenece a todos los seres de
la creación. Es decir, que la vida es un modo especial de existir que concierne
a las plantas, a los animales y al hombre. La vida de las plantas despierta en
nosotros admiración. Con los animales nos sentimos unidos por un modo semejante
de creación ante los estímulos externos. El ser humano ama espontáneamente a
los animales. Considera signo de crueldad el maltratarlos impunemente. Pero, sin
embargo, sólo en el ser humano la vida se hace posesión y conciencia. Sólo él
sabe recoger la experiencia del pasado para proyectar el futuro. El vivir del
ser humano no es sólo existir, sino entender las cosas, querer, decidir, tener
en sus manos la dirección de la propia existencia. Por eso, nada hay tan rico
para el ser humano como su propia existencia. Pues bien, la primera verdad en
torno a todas las religiones que pueblan el mundo, es que la vida es un don de
Dios. No nos la hemos dado a nosotros mismos, sino que la hemos recibido de Dios
gratuitamente.
A
la pregunta de cuál es el mayor de los mandamientos Jesús responde: «Amarás
al señor tu Dios... El segundo, y no por ello menos importante, es éste: Amarás
a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éste».
Son
numerosas y muy variadas las leyes morales que se desprenden del mensaje del
Evangelio. Como toda persona humana, el cristiano encuentra las primeras
indicaciones del obrar en su propia naturaleza, como creyente se inspira en el
Evangelio y en las normas de la comunidad cristiana, como ciudadano se encuentra
inserto en un conjunto de derechos y deberes determinados por la sociedad y por
las autoridades del Estado.
El
proceso de la educación moral de una persona debe llevarle a descubrir esta
dimensión de obligatoriedad interna que está presente en todas las leyes y
normas con que se enfrenta en su vida, sea ésta social o religiosa. De esta
forma, descubriendo la raíz y la motivación de cada una de las leyes y normas
justas, ya no obrará por obediencia mecánica a unos imperativos exteriores, es
decir a unas personas que desde su estado de comodidad y resguardo, meten en las
cabezas de estos jóvenes ideas sin fundamento y consiguen que les hagan el
trabajo sucio, incluso inmolándose a veces, mientras ellos permanecen anónimos
y pasando por ser ciudadanos buenos en sus puestos, mansiones o cargos.
En
el «Protágoras», Platón dice por boca de Sócrates que llegar a ser un
hombre bueno es difícil, pero no imposible. Y yo sé, me consta, que hay
personas que dándose cuenta que están siendo manipuladas por otras, cambian y
se empotran en la sociedad. Los que no cambian son aquellos que han nacido para
ser manipuladores o eternamente manipulados. Esos peligrosos fundamentalistas
que se aprovechan del desconcierto de los jóvenes y meten en sus cabezas ideas
tan trasnochadas y artificiales como: patria, nación, región, reino, autonomía,
tierra, Rh, honor, país, idioma, dialecto, raza, casta, tribu, pueblo, religión,
idea, superioridad, partido...
El
fundamentalista no ve más derechos humanos que los suyos propios, se cree un
elegido de Dios para luchar por cualquier causa, es sensible con su dolor e
impasible con el dolor ajeno, antepone el valor de sus recónditas teorías al
valor de la libertad, de la verdad y de la realidad. El fundamentalista cree
disponer de una penetración única y verdadera de cualquier punto de vista. Por
esta razón rechaza las verdades de los demás, defiende las suyas a puñetazo
limpio y las impone, si hace falta, a sangre y a fuego. El fundamentalista es,
en definitiva, el que ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo propio.
De ahí que cuando un terrorista mate, lo haga en defensa de un Pueblo; cuando
un creyente mate, lo haga en defensa de Dios; cuando un revolucionario mate, lo
haga en defensa de una idea..., y que ninguno, absolutamente ninguno de ellos,
tenga nunca conciencia de haber cometido un crimen porque su acto estará
justificado con palabras y conceptos mucho más valiosos que la misma vida
humana.
Los
que se creen por raza, casta, profesión, religión o idioma más puros que los
demás y ponen, por ello, fuertes fronteras para aislarse de los impuros, están
totalmente equivocados. Nuestro mundo dejó de ser Paraíso el mismo día en que
el hombre decidió tomar lo que por herencia divina nos pertenecía a todos y
bordearlo con poderosas fronteras. Y no volverá a ser lo que era hasta que nos
demos cuenta de ello, sepamos respetar la manera de vivir o las ideas de los
otros y, unánimemente, decidamos coexistir sin
interposición de vanidosas barreras.
Matar
a un semejante es sembrar en el
corazón de otro dolor, angustia y desesperación. Y eso es contrario a los
derechos más elementales de la persona. Quien no respeta los derechos de los
demás no puede reivindicar los suyos propios. La convivencia humana se basa en
el respeto mutuo. El que hace daño porque no sabe reconocer entre el bien y el
mal, es un enfermo que necesita cura; el que hace el mal conscientemente y después
lo justifica, es un ser despreciable.
No
estoy de acuerdo con la pena de
muerte, ni con el terror que mata, venga de donde venga. La vida es el regalo más
preciado que el ser humano posee, y nadie, absolutamente nadie, puede
despojarnos de ella. Matar no es productivo, ni benéfico, ni moral. Mientras
que un hombre vive puede ser reformado y ser útil a la sociedad. Los
cementerios están acrecentados por homicidios y ejecuciones que en ningún
momento de la historia fueron de utilidad para nadie...
De
esta forma es como podemos llegar a la conclusión que nadie puede decir que ama
al prójimo si no respeta sus derechos. En este respeto mutuo se basa toda la
convivencia humana. Ahora, bien, entre todos estos derechos ninguno tan
fundamental como el derecho a la vida. Sin embargo, hay terroristas que
empujados por oscuras ideas, llegan a cometer actos tan deplorables como los que
últimamente hemos tenido que soportar. Contra estos crímenes que claman al
cielo se levanta como una muralla un mandamiento que está vigente en todas las
religiones: «no matarás». Es un enunciado límite, bajo el cual se nos ordena
el respeto a esa vida que es don de todos y cada uno de los dioses.
Las
religiones más importantes del mundo nos ordenan que cuidemos de nuestras
vidas, utilizando los medios normales que están a nuestro alcance, y
negativamente nos prohíben todo abuso contra nuestra vida o la del prójimo. A
estos instintos se añade, en el ser humano, la luz de la conciencia que le guía
en cada momento para saber lo que debe hacer y lo que debe omitir... Todos
sabemos qué debemos hacer y qué debemos omitir, pero la raíz de omitir la
omisión, hay que buscarla en el odio del corazón. Un odio con el que nadie
nace, un odio que le es suministrado al ser humano desde niño con alegatos
disfrazados de pasajes evangélicos, incluso por personas religiosas que con su
ideas alientan el terrorismo, velando el Evangelio y haciendo prójimo de ellos
sólo a sus correligionarios, es decir, exponiendo lo siguiente: «Amarás a tu
prójimo como a ti mismo, y odiarás a los extranjeros». Por este precepto, la
muerte del terrorista es sumamente importante, dolorosa y patriótica; la del
extranjero, sin embargo, es para ellos motivo de alegría, de brindis y de
festejos.