Desde que
en el año 1266 fue otorgado al reino de Murcia el privilegio del mercado del día
del jueves, han cambiado muchas cosas y se han alterado dilatadamente sus
costumbres, sus mandatos y sus leyes. La carta de otorgamiento, firmada por el
Rey Alfonso X el Sabio, dice así: «MERCADO FRANCO EL DÍA DEL JUEVES. Hemos de
hacer bien otorgando al Reino de Murcia para que sean más ricos y más abandados dándole otorgamiento para siempre que hagan mercado en su Villa cada
semana en día de Jueves y mandamos que todos cuantos a este mercado vinieren o
vayan a venir con todas sus mercaderías y con todos sus cofines se les respeten
sus derechos y que ninguno sea hollado de las prendas ni de los embargos en
ninguna manera a ellos si no es por voluntad propia o por fiaduría. Martes diez
y ocho días andados del mes de mayo, del año 1266.»
Desde el otorgamiento de este privilegio que acabamos de leer, todos los
jueves, muy temprano, los caminos y las sendas que venían de la huerta y del
campo de Cartagena, se atestaban de gente que con mulas, con carros o cargadas a
sus espaldas, acarreaban sus diferentes mercancías. Así, luego, ya que era un
mercado franco, o sea desembarazado, libre y sin impedimento alguno donde
cualquier persona podía vender o cambiar, el recinto del mercado se llenaba de
colorido y de gente pintoresca. Hortalizas, frutas, centeno, avena cebada,
gallinas, conejos y patos, amén de otros muchas productos, eran vendidos o
cambiados por otras mercaderías; fórmulas mágicas se anunciaban a voz en
grito como excelentes medicinas que sanaban escrófulas, herpes, varices
ulceradas, gota, sarna, acedías, aftas, alopecias, catarros, callos, estreñimiento,
forúnculos, esputos de sangre, jaqueca, raquitismo... Mientras que bufones,
comediantes y repentistas se ocupaban de ofrecer sus variados entretenimientos
favorecidos por la caridad pública.
A través del tiempo, y como suele suceder en todos estos acaecimientos
históricos, se fueron cimentando en torno al mercado del jueves muchas anécdotas,
bastantes leyendas y determinadas coplillas. Una de ellas, ocurrida mucho años
después de haber sido concedido este privilegio de otorgamiento, dice que
durante una comida que ofreció el Adelantado del rey a los observadores,
vigilantes y recaudadores responsables de la buena marcha del mercado, el
Adelantado les hizo la siguiente pregunta:
—Señores, pese a que exigimos nuevos impuestos, nuestras rentas no
hacen más que disminuir. ¿Podéis explicarme este contrasentido?
Varias opiniones y teorías económicas fueron expuestas por los
comensales, algunos de ellos eruditos en la materia, pero ninguna resultó
satisfactoria.
De pronto, un viejo vendedor de verduras que había sido invitado como
delegado y representante de todos los mercaderes, se puso en pie y pidió la
palabra. Luego, tomó de un saco un puñado grande de harina, y levantándolo en
alto para que todos los comensales lo vieran, lo pasó después a su vecino de
mesa y pidió que los invitados lo fueran pasando de mano en mano hasta que el
puñado de harina llegara a las manos del Adelantado del rey que se hallaba
sentado en el extremo opuesto de la larga mesa. Cuando el puñado de harina, ya
bastante reducido, llegó a su destino, todos los convidados tenían las manos y
algunas partes de sus ropas manchadas de harina.
—¿Comprende ahora vuestra merced por qué el dinero se ha reducido
tanto cuando llega a vuestras manos?
Y en el pesado silencio que se produjo, el Adelantado del rey hizo con la
cabeza un gesto de asentimiento.