EL MILAGRO DE LIMOGES
Cuenta la leyenda, que en una ciudad cuyo nombre era y sigue siendo "Limoges", que se encuentra en Francia, el miembro más joven de una familia de cinco hermanos (un hermano mayor, al cual por serlo le correspondia por derecho de nacimiento heredar todos los bienes familiares, tres hermanas y él) al ser el benjamín de la familia y haber alcanzado la mayoría de edad, se vio en la obligación de tener que elegir entre la carrera militar o la eclesiástica.
André de Lemosin, que así era como se llamaba el banjamín de la familia, tomó la decisión de entrar en la academía militar Real.
A los tres años, habiendo sido distinguido con el grado de alférez y, posteriormente, nombrado caballero por la autoridad real y eclesiástica, decidió viajar a Jerusalén con la piadosa idea de ingresar en la Orden del Templo de Jerusalén.
Su madre, que le tenía un especial cariño, sabido es que las madres sienten, no un cariño mayor por los hijos pequeños, sino algo más especial tal vez porque a sus ojos crecen como más necesitados y desavalidos, marchó a la iglesia y, allí, ante la imagen de Notre Dame de la Pomme, le pidió a la virgen que protegiese a su hijo de todo peligro.
Como penitencia le prometió a la virgen que, como ella le estaba ofreciendo una manzana a su hijo, plantaria en su jardín un manzano para recordar, al verlo todos los días, al hijo que se iba a servir a Dios.
En el mismo momento que el benjamín se marchó. La señora de Lemosin salió al Jardín y plantó un manzano. A sus pies puso una cerámica con el nombre de su hijo.
Paso un tiempo y el manzano se hizo grande y dio flores olorosas y frutos dulces. En el año 1307 el árbol, enexplicablemente, dejó de dar fruto. Los miembros de la Orden habían sido acusados mediente bula del papa Clemente V de herejes; en el añó 1312, el manzano se secó completamente. La Orden había sido abolidad y totalmente prohibida por tres bulas de fechas casi seguidas promulagadas igualmente por el papa Clemente V.
Cuentan los que han escrito sobre esta sorprendente historia, que cuando el extemplario, destituido ya de su rango, hábito y cuantos atributos templarios había disfrutado hasta el momento se potró ante el árbol que su madre había plantado en su memoria para recordarlo todos los días, y comenzó a rezar por las almas de sus difuntos padres y prometió allí mismo que ingresaría en la Orden del Císter, aprovechándose de la bula que recientemente había sido promulgada por el papa Juan XXII, en la cual se daba permiso a cuantos caballeros templarios desearan ingresar en otras órdenes religiosas pudieran hacerlo, ya que habían sido monjes y aceptado los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, el manzano comenzó a florecer y dar abudante fruto nuevamente.