EL HOMBRE QUE PIDIÓ DINERO A DIOS
Donde los templarios tenían Encomienda, se formaba siempre una circunscripción gobernada por ellos. Aldeas, pueblos, grandes extensiones, campos y haciendas estaban bajo su autoridad.
Cuantos servicios necesitaban las personas que habitaban sus dominios, eran proporcionados por ellos. Así, pues, no era de sorprender, ver todas las mañanas en la puerta de la encomienda un escribano templario sentado ante una mesa. Su misión era la de atender a cuantas personas se acercaban a él con la necesidad de que le fuese escrita o leída una carta.
Como quiera que también atendiesen al servicio de correos, el mismo escribano tomaba las cartas que le traían o las que él escribía para ser mandadas a otros lugares.
Un día, se presentó ante el escribano templario un hombre demacrado y harapiento, y, después de entregarle un sobre para el servicio de correos, se marchó.
Cuando el hombre ya había desaparecido, el escribano se dio cuenta de que la carta iba dirigida a Nuestro Seños Jesucristo, sin más.
Lo consultó con el maestre, y decidieron abrirla para saber qué decía. La carta estaba redactada en estos términos:
“Señor mío Jesucristo. Amparadme en este trance y seré la más feliz de vuestras ovejas. Os agradecería, ¡oh, Señor mío!, me mandaseis cien maravedíes para no morir de hambre”.
El maestre, al ver la carta dirigida a Nuestro Señor Jesucristo, se compadeció del infeliz y necesitado indigente. Con permiso y consenso de cuantos caballeros estaban bajo su mando, como ellos tampoco disfrutaban de dinero porque todo gasto tenía que ser demostrado ante el visitador de la zona, le mandaron al remitente un paquetito con cincuenta maravedíes. Suma, esta, que fue tomada de las reservas que estos monjes soldados poseían para ayudar a los peregrinos necesitados que a su hospedería diariamente llegaban.
Al poco tiempo, los templarios recibieron otra carta dirigida, igual que la otra, a nuestro Señor Jesucristo.
El maestre la abrió en presencia de sus caballeros. Su asombro no tenía limites. Al leerla en voz alta, la carta decía lo siguiente:
“¡Oh, Señor mío! He recibido el dinero, pero os ruego que otra vez me lo hagáis llegar de otra forma y no por medio de la Encomienda, pues los templarios son muy atrevidos. Imaginaos que de los cien maravedíes que os pedí, no he recibido más que cincuenta”.