LVI
Que
no se admitan Hermanas
|
L |
a
compañía de las mujeres es asunto peligroso, porque por su culpa el maligno
diablo ha desencaminado a muchos del recto camino hacia el Paraíso. Por tanto,
que las mujeres no sean admitidas como Hermanas en la casa del Templo. Es por
eso, queridos Hermanos, que no consideramos apropiado seguir esta costumbre,
para que la flor de la castidad permanezca siempre impoluta entre vosotros.
EXPLICACIONES NECESARIAS
Autores hay que aseguran que en la Orden del Templo de Salomón
fueron admitidas Hermanas para que profesaran con ellos siendo monjas. Quienes
esto afirman se confunden, ya que su aseveración está fundamentada en que hubo
una orden que fue conocida como las «Hermanas del Templo».
Tal vez lo que ignoren los que aseguran esto, es que
según podemos ver en la Enciclopedia Católica el nombre completo de esta orden
era: «Hermanas de Jesús encontrado en el Templo», y que esta fue una
fundación que se estableció en Londres con propósitos educativos en la época
de las cruzadas, que más tarde se esparció por toda Inglaterra en los siglos
siguientes, pero que fueron luego prohibidas por la Reforma Protestante en el
siglo XVI, cuando la Orden de los caballeros del Templo de Jerusalén hacía ya
mucho tiempo que había sido extinguida y prohibida.
En 1860 el Cardenal Wiseman, con la generosa
colaboración del Abad Roullin, las reestableció en la Archidiócesis de
Westminster, de donde se mudaron a Clifton. Pero no fue hasta que abrieron una
casa en Vernon, Normadía, cuando comenzaron nuevamente a florecer; desde que
abrieron la casa de Vernon, han fundado ya seis casas más en Francia y Bélgica.
Hasta 1917 contaban con 170 hermanas. Tienen un hogar para sacerdotes inválidos
en Clifton, y su principal trabajo es ahora el cuidado de las personas en todas
las clases sociales. Son conocidas como las Monjas Azules en Inglaterra y
Francia, debido al hábito azul que usan.
Abundantes
relatos de estas monjas templarias nos son servidos convenientemente aderezados
por quienes afirman que estas Hermanas convivían con los caballeros del Templo.
Uno de ellos es el que nos refiere el caso de una monja templaria toledana que
se azotó la espalda con una rama de laurel, y después la plantó en el huerto
toda llena de sangre. La rama echó
raíces y se convirtió en un majestuoso árbol, obrándose de esta forma un
milagro griálico: la sangre derramada que hizo brotar la vida en un laurel como
símbolo de la inmortalidad.
Éstas, como todas las órdenes monásticas
femeninas que fueron antaño fundadas, tienen su historia. Y en ella no entra ni
ha entrado nunca que provengan ni que hubiesen nacido a la sombra de la Orden de
los caballeros del Templo de Jerusalén. Ellas aseguran que el nombre con que en
la antigüedad fueron conocidas, es una eventual coincidencia.
No
obstante, y a pesar de todas las afirmaciones que se puedan hacer y de cuantas fábulas
que sobre este tema se puedan contar, el artículo de la regla de los templarios
lo deja bien claro, ya que como vemos, el copista escribe «Hermana» con
mayúscula, lo que quiere decir que las consideraban como Hermanas que podrían
vivir bajo la autoridad de la misma Orden aunque fuese en conventos separados,
si el escribiente se hubiera referido a hermanas de sangre, lo hubiese escrito
con minúscula porque en cualquier regla u escrito monástico que tú puedas
analizar, aunque no esté recogido en ningún diccionario ni tratado de ortografía
de la lengua española actual, observarás que cuando se escribe Hermano o
Hermana perteneciente a una misma comunidad o seminarista de la misma, lo hacen
siempre con mayúscula. En los Apotegmas de san Antonio Abad, en la regla de san
Benito, en la regla de san Agustín, y en otros muchos escritos monásticos, se
puede observar lo que aquí estoy afirmando.
De
haber existido estas supuestas Hermanas, cuya vida religiosa se asegura estuvo
vinculada al Temple, los primitivos encargados de inventar calumnias con propósito
de que los caballeros templarios fueran condenados y extinguidos, hubieran
echado mano, sin lugar a dudas, de este argumento.
En
las bulas de condena y extinción de la orden, publicadas por el papa Clemente
V, encontraremos toda clase de acusaciones, desde sodomía hasta adoración al
diablo, pero en ningún sitio hallaremos acusación alguna de concubinato o
entendimiento sexual entre freiles y freilas de la misma Orden del Templo.
Tampoco hemos encontrado en las diferentes actas donde han quedado reflejadas las declaraciones de los templarios que fueron interrogados, rastro ni mención alguna de la existencia de estas inventadas Hermanas. Ni tampoco, como es natural, en ningún lugar se advierte que, tal como sería razonable y lógico, las Hermanas del Temple sean suprimidas de todas sus funciones y apartadas de su congregación por el hecho concreto de que ellas pertenecían a la misma orden, obedecían la misma regla y estaban sujetas a las autoridades de los mismo maestres que los caballeros templarios.