TOROS DE GUISANDO
INTRODUCCIÓN
Sobre
el frondoso y húmedo Valle del Alberche, a escasa
distancia de una villa que por su esencial belleza parece haber sido extraída
de las páginas de un cuento de hadas, conocida como El Tiemblo, es donde se
encuentran en la actualidad las cuatro esculturas labradas en piedra granítica
que todavía se conservan de los Toros de Guisando.
Dicen
las más rancias crónicas de nuestra historia que eran en un principio cinco
figuras de toros las que fueron encontradas, pero dicen también que uno de
ellos estaba tan destrozado que fue imposible su restauración. Además, siguen
detallando las mencionadas crónicas que, por los cientos de trozos de piedras
esculpidas correspondientes a bovinos que se fueron encontrando aquí y allá
por todos aquellos campos, podrían ser más de cien los toros que hoy podríamos
contemplar.
Cuantiosas
explicaciones se han dado ya acerca del porqué fueron esculpidos estos bovinos.
A través de ellas se nos ha querido hacer pensar que tal vez fueron tallados
para cumplir alguna clase de misión simbólica; para que sirvieran de linde
entre tierras con dueños diferentes; para que un capitán romano llamado
Guisando pudiera conmemorar la importante victoria que obtuvo sobre las tropas
españolas..., y otras muchas teorías más que no se describen aquí para no
hacer interminable este escrito.
Como en el cuento de aquel adivino que cuando le
preguntaban dónde nacía el sol decía unas veces que emergía de las aguas;
otras que de la tierra; otras que de las copas de los árboles centenarios, y
otras que de las espaldas de las montañas, sin llegar a mentir por ello, ya que
si nos encontramos frente al mar, veremos como el sol emerge de las aguas; si en
un llano, como sale de la tierra; si en un bosque, como brota de las copas de
los árboles, y si en las montañas, como aparece por las espaldas de los
collados, de igual forma cada una de las explicaciones que hasta el momento nos
han sido reveladas sobre el porqué fueron tallados los Toros de Guisando,
pueden ser admitidas como ciertas o como falsas, según sea la concepción científica
del interesado, pues todo el mundo sabe hoy que el sol no sale ni se esconde. Y
para corroborarlo, hagamos un pequeño resumen de cada una de las explicaciones
dadas.
Desde tiempos
inmemoriales se ha considerado al toro como uno de los animales más peligrosos
de la Península Ibérica. Por ello no sería de extrañar que hubiesen sido
cincelados con la intención de proteger y guardar las tierras donde sus imágenes
fuesen colocadas.
Nadie ignora que la visión del toro ha producido desde siempre en el ser humano una desagradable sensación de miedo. Quienes se han encontrado en alguna ocasión cara a cara ante esta clase de peligro, han reaccionado huyendo del lugar donde esta amenaza se les ha presentado. Esta reacción —la de salir corriendo—, es propia del que se siente atemorizado, y se manifiesta tanto en los seres humano como en los animales.
SERVIR
DE LINDE ENTRE TIERRAS CON DUEÑOS DIFERENTES
Aunque en los
remotos tiempos en que los toros fueron esculpidos no había sentido de la
propiedad personal porque un pueblo lo tenía todo en común, sí pudo ocurrir
que sirvieran de lindero entre diferentes tribus, ya que en aquellos tiempos se
podían encontrar en una región no muy extensa hasta varias clases de linajes
diferentes que, aunque la mayoría de las veces vivían sin agredirse, no solían
simpatizar mucho los unos con los otros. Y no es exageración lo que afirmamos,
pues sabemos con certeza que en los tiempos que estamos describiendo existían
en los mencionados parajes arevacos, baceos, carpetanos y vetones.
PARA
QUE UN CAPITÁN ROMANO LLAMADO GUISANDO PUDIERA CONMEMORAR UNA IMPORTANTE
VICTORIA
Aunque no se
descarta que esta afirmación fuese cierta, nos extraña mucho que un romano
tuviese por nombre Guisando, entre otras cosas porque hemos estudiado y leído
muchas obras en latín y en ningún lugar nos hemos encontrado nunca con ningún
romano llamado Guisando. Por el contrario, siempre que hemos examinado
documentos que nos hayan hablado de la cultura goda, sí que hemos encontrado
este vocablo entre su lenguaje, aunque no como nombre propio sino como el de una
ciudad que ellos ocuparon en el siglo II d.C., cerca del Mar Negro, en Armenia.
Una ciudad que, ya deformado su nombre por el paso de los tiempos, es conocida
hoy como Guikasian.
Pero lo cierto que hay en esta afirmación, y ello puede
ser lo que ha llevado a quienes la dieron por concluyente a creerla como
evidente, es que cuando los romanos vencieron a los españoles, los Toros de
Guisando ya estaban allí. Y es más cierto todavía que no fueron los toros
esculpidos por orden del capitán romano, tal como se afirma un poquito más
arriba, sino que al ser encontrados por las tropas vencedoras decidieron memorar
su gesta labrando sobre el costado derecho del cuarto de los toros ya descritos,
la siguiente inscripción que todavía se conserva:
LONG.INVS.
PRISCO.CAIA.
ETI
:: PATRI. F.
C.
Esta inscripción
que cualquiera de ustedes puede contemplar en la actualidad sobre el costado
derecho del cuarto toro, dio origen a que hubiese algunos autores que inventaran
otras inscripciones que supuestamente estarían grabadas sobre los lomos o
costados de los otros.
En
un libro que fue publicado en el año 1748, cuyo título es: «Población
General de España. Historia Cronológica, sus Tropheos, blasones, y conquistas
heroicas, descripciones agradables, grandezas notables, excelencias gloriosas, y
sucessos memorables, islas adjacentes y presidios de África», escrito por
el pagador don Juan Antonio de Estrada, editado en Imprenta del Mercurio, calle
del Cavallero de Gracia, Madrid, que su autor dedica a María santísima de la
Victoria que se venera en la ciudad de Melilla, cuya obra pertenece a la colección
de libros antiguos de quien este testimonio está escribiendo, en su tomo
primero, describe el autor estas inscripciones latinas y dice que la que
correspondía al primer toro declaraba lo siguiente:
A
honra de Celio Metelo, vencedor, dos veces cónsul, en memoria de la victoria
que alcanzó de Hertulio, capitán Sertorio, a quien mató 20 mil hombres.
Que la que
corresponde al segundo toro —que es el que hoy se encuentra en cuarto lugar y
en ese orden lo describo yo—, decía:
Longino
tuvo el honor de escribir esta memoria a su padre Cesonio el Antiguo.
Que la del tercer
toro decía:
La
guerra de Cesar, la mayor parte de ella acabada, vencidos aquí en el campo de
Batestan los hijos de Pompeyo el Magno, Genio y Sexto.
Que la inscripción
del cuarto toro decía:
El
ejercito vencedor, rotos los enemigos, los pueblos Batestanos determinaron hacer
administrar la provincia excelentemente.
Hemos visto como
el autor nombra en su libro como segundo al que nosotros hemos citado como el
cuarto toro; pero eso no es un error por parte de él ni por parte nuestra, ya
que según en el orden en que estén colocadas las esculturas en el momento de
visitarlas, así debe ser también el orden con que deben de ser citadas.
Para
que no sean sólo mis palabras las que se eleven aquí asegurando que las
inscripciones que se les atribuyen a los tres toros restantes no existieron más
que en las mentes de quienes las imaginaron, ya que de haber sido grabadas todavía
se podrían contemplar —aunque fuesen incompletas—, porque habrían sido
esculpidas con la misma profundidad que el tallista lo hizo con las del cuarto
toro, vamos a traer aquí las palabras del historiador
don Eduardo de Mariátegui, que en el volumen cuatro de la obra titulada: «El
arte en España», publicado en Madrid en el año 1866, en el capítulo
titulado Antigüedades de España - Toros de Guisando, páginas
de la 44 a la 48, dice lo siguiente:
De
las demás toros se sabe que en la celda prioral del monasterio existían en el
siglo XVI unas tablas enceradas que decían ser copia de las inscripciones de
los toros, pero nadie vio los originales ni hay conformidad del sitio donde
estaban grabadas, diciendo unos que lo estaban en el costado derecho, otros en
ambos lados, no faltando también quien opine que se veían en el espesor del
plinto. La verdad es que semejantes inscripciones no han existido nunca, fundándonos
para asegurar esto, no sólo en lo que llevamos expuesto, sino en la opinión
del sabio don Antonio Agustín, arzobispo de Tarragona, que tenía como apócrifas
las tres inscripciones restantes, calificándolas de fingidas y supuestas por
Ciriaco Anconitano; también el crítico P. Sigüenza, voto de mayor excepción
en el caso presente, se adelanta a decir: «Que las inscripciones de los toros
le parecen no muy auténticas, como otras muchas de que está lleno el mundo, y
en España no hay pocas...»
Pero a pesar de
todas las teorías que hasta el momento se han ido explicando sobre por qué,
para qué o por quiénes fueron esculpidos los Toros de Guisando, nada podemos
saber todavía con certeza. Aunque para llegar a esclarecer este misterio, tal
vez fuese conveniente tomar el cabo de la cuerda donde comienzan las memorias de
este insólito testimonio e ir avanzando a lo largo de ella hasta llegar al
final. Y eso es lo que vamos a hacer.
De los cuatro
pueblos que antes hemos detallado como pobladores de la zona donde fueron
encontrados los mencionados toros, esto es, los arevacos, los baceos, los
carpetanos y los vetones, son estos últimos, o sea, lo vetones, a los que
deberemos dedicar nuestra atención de ahora en adelante si queremos llegar a
desempolvar, aunque sea un poquito, la extraña historia de los Toros de
Guisando.
Mucho
antes de que los romanos pensaran ni siquiera en conquistar España, los vetones
hacia ya mucho tiempo que vivían en ella. Dedicados exclusivamente a la cría
de ganado bovino, era uno de los pueblos más unidos y jerarquizados que existían
entonces por algunas zonas españolas, sobre todo por las comarcas de Ávila. La
ganadería era, como hemos dicha ya, su ocupación principal, pero por
excavaciones arqueológicas que por allí se han llevado a cabo, podemos saber
hoy con certeza que también, aunque con menor interés, se dedicaban a la
agricultura, a la caza mayor por los bosques y a pescar por aquellos ríos.
Su
economía estaba fundamentada esencialmente en criar ganado bovino y en venderlo
luego a otros pueblos, ya fuesen vecinos o lejanos, pues se sabe que los vetones
llegaron a vender su ganado a pueblos que distaban muchos días de camino del
lugar que ellos habitaban.
Todos
los historiadores que han glosado en mayor o menor medida la historia de los
vetones han coincido en afirmar que las manifestaciones artísticas de este
determinado pueblo fueron las esculturas de toros y de verracos. Y los mencionan
así para que sepamos que, ambos, vacuno y cerdo, eran siempre la representación
artística del macho en ambos casos. Y por lo que vamos a seguir leyendo de aquí
en adelante, deberemos de saber que tanto en aquellos tiempos como en éstos el
macho era más demandado por los diversos compradores, pues mientras que la vaca
se dedicaba sólo a suministrar leche, los novillos y los toros, en cambio, tenían
que ser muertos todos los días para que el pueblo entero pudiera comer carne.
De ahí que sobre la frente o testuz de todas estas imágenes se puedan observar
dos orificios que sirvieron en su día para encajar en su interior dos astas auténticas
para que, de esta forma, el aspecto de la escultura llegase a ser más parecida
a los machos.
La
religión de este laborioso pueblo, como todas las religiones que no han tenido
una anticipada enseñanza escrita o predicada, nació espontáneamente en ellos
de la diaria observación de la naturaleza. Temían todo lo que dañaba o daba
miedo, como el rayo, el trueno, las inundaciones, los huracanes, el terremoto...
Y adoraban todo lo que les gratificaba o les daba de comer, como el sol que
calentaba sus cuerpos; el agua que les saciaba la sed; el árbol que les concedía
jugosas frutas; la tierra que les daba el pan; el ganado que los proveía de
leche para calentar sus estómagos, carne para alimentarse, piel para abrigarse,
huesos para fabricar agujas y otros utensilios punzantes; crines para coser,
colmillos para adornarse, tendones para confeccionar sus arcos, astas para
usarlas como vasos...
Llegó
un momento en que los vetones tuvieron el problema con que los primeros
ganaderos y granjeros vinieron a encontrarse. Todo el mundo sabe que los
animales en cautividad cambian de color. El jabalí en libertad es siempre
pardo. Una vez cautivo y alimentado, se vuelve blanco o manchado entre blanco y
negro y llega incluso a perder el tamaño de sus colmillos. De la misma forma el
toro, la vaca, el buey, el caballo, la cabra y otros animales que viven en
libertad tiene un específico color, pero en cautividad se les aclara el pelo.
Al
llegar a este punto, los vetones, eminentemente ganaderos y dependiendo su
economía de este negocio, vieron como los animales que habían comenzado a
cambiar su color, no eran deseados por los compradores porque creían que
estaban enfermos. Todas los padecimientos que en aquellos tiempos eran sufridos
por quienes enfermaban tenían como nota en común que la piel del infectado
estaba poblada de manchas blancas, rojas o amarillas, y que el pelo presentaba,
de igual forma, redondeles que, si no carecían de pelo, se mostraban siempre
canos. Éstas eran, por poner un ejemplo, las señales externas de la temible
enfermedad de la lepra.
Entre estos
pueblos, provenientes todos en mayor o menor medida de los celtas, se
encontraban unas personas muy sabias que eran escogidas de entre los niños más
inteligentes para que se fuesen convirtiendo, bajo la educación de los sabios
adultos, en sacerdotes, consejeros, investigadores, educadores y jueces. Eran
conocidos como «druidas», que quiere decir «maestro». Esta
casta llegó a ser tan poderosa y sabia que, incluso estando en minoría en las
guerras que sus pueblos sostuvieron contra los romanos, mantuvieron a éstos
durante muchos años con grandes problemas para vencerlos gracias a las
estrategias de guerra que idearon; a las pócimas que elaboraban con hierbas,
cuyo valor principal era el de vigorizar y mantener despiertos a quienes las
tomaban, y al arte de las guerrillas que fueron ingeniadas y dirigidas
personalmente por ellos.
Toda
la sabiduría que adquirían estos sabios hombres, la obtenían de la observación
de la naturaleza, del estudio del comportamiento de los animales, de la
interpretación del cielo y del análisis de la evolución de las diversas
enfermedades. Fue una pérdida muy grande que los romanos —debido al odio que
les profesaban por lo mucho que les hicieron padecer—, no sólo hiciesen
desaparecer de la tierra esta casta de sabios, sino que incluso quemaran todas
sus pertenencias. Si no hubiese sido así, tal vez hoy tendríamos remedios a
enfermedades que todavía no están vencidas del todo. Pues se sabe que esta
clase de pueblos enfermaban muy pocas veces, y que eso era debido a las pócimas
medicinales que les eran recetadas por esta clase de primitivos científicos.
El
problema que se les presentaba a estos ganaderos que no sabían vivir de otra
forma que no fuese de la cría y venta del ganado, era desesperante. Consultaron
entonces con los sabios de su pueblo, y éstos le dieron la solución. Una
solución que había sido obtenida a través del estudio del comportamiento de
los animales y verificada en varias ocasiones. Este procedimiento estaba basado
en que la visión de lo semejante produce lo semejante. Una técnica que
fueron recogiendo más tarde los antiguos hagiógrafos e introduciéndola después
en sus libros sagrados para que fuese conocida por los ganaderos que profesaban
su religión.
En el Antiguo Testamento, en el libro de Génesis, capítulo
30, versículo del 31 al 43 podemos
ver como es usado este método por el ganadero Jacob para hacerse con un número
considerable de ganado. Esta fórmula, increíble por su falta de explicación
científica, puede mover a risa pero, sin embargo, hay veces que en las noticias
televisivas nos enteramos de casos tan curiosos como de que en un edificio una
señora tiene gemelos y después de ella hay otras vecinas que viven en el mismo
edificio que también los tienen, es decir, aquí se hace realidad la antigua máxima
de que «la visión de lo semejante produce lo semejante». También hay
veces que creemos en que el lunar, el pelo o cualquier signo más o menos airoso
con que nacen nuestros hijos, es un «antojo» que las madres tuvieron
durante el transcurso de su embarazo, que les llamó la atención o fue de su
gusto cuando lo distinguieron en amigos, familiares o, simplemente, en otras
personas...
El fragmento que
se da a conocer en el Génesis, y por cuyo procedimiento el ganadero Jacob se
hizo con un número considerable de ganado, es el siguiente:
Labán
le dijo a Jacob «Dime qué es lo que he de darte». «No has de darme nada» —le
contestó Jacob—, «sino hacer lo que voy a decirte, y volveré a apacentar
tu ganado y a guardarlo. Yo pasaré hoy por entre todos tus rebaños, y separaré
toda res manchada o rayada entre los corderos y las cabras. Ése será mi
salario. Mi probidad responderá así por mí a la mañana, cuando venga a
reconocer mi salario; todo cuanto no sea manchado entre las cabras y rayado
entre los corderos, será en mí un robo». Y respondió Labán: «Bien, sea
como dices». Pero aquel mismo día separó Labán todos los machos cabríos
manchados, todas las cabras manchadas y cuantos tenían algo de blanco, y entre
los corderos todos los rayados o manchados, y se los entregó a sus hijos, que
vivían a más de tres leguas de camino de donde estaba Jacob. Viendo
Jacob que Labán había hecho esto con el objeto de no cumplir su palabra, tomó
Jacob varas verdes de estoraque, de almendro y de plátano, y haciendo en ellas
unos cortes, las descortezaba, dejando lo blanco de las varas al descubierto.
Puso después las varas, así descortezadas, en los canales de los abrevaderos
adonde venía el ganado a beber; y las que se apareaban a la vista de las varas,
parían crías rayadas o manchadas...»
Con la ayuda de este bíblico pasaje, hemos podido ver de qué forma se ha hecho realidad la sentencia de que «la visión de lo semejante produce lo semejante». Quienes han estudiado este tema a fondo, coinciden en afirmar que los toros fueron encontrados en lugares donde éstos podían abrevar; es más, incluso sostienen que algunas de estas imágenes tenían un rebaje u oquedad en sus lomos cuya única misión era servir de abrevadero. Este detalle ha hecho suponer a algunos autores que la presencia de estas tallas repartidas por todos aquellos campos tuviese la misión de servir de urnas funerarias, ya que era costumbre entre algunos de estos pueblos quemar el cadáver para luego guardar sus cenizas o esparcirlas por los alrededores de su vivienda. Pero nosotros creemos que, si esta aseveración fuese cierta, no sólo a unos cuantos se les hubiese realizado estas cavidades, sino que hubiesen sido hechas sobre los lomos de todos. Sin embargo, sí creemos, porque no es de extrañar, que los toros labrados en piedra granítica hubiesen sido puestos allí para que los que se aparearan a la vista de ellos parieran después crías negras, grises o de un color uniforme. Y esto pudo ocurrir así porque hubo una vez, hace ya mucho tiempo, unos hombres que llegaron a alcanzar la sabiduría teniendo como libro la observación de la naturaleza, como pupitre la tierra, como aula el hábitat que los rodeaba, como pizarra el cielo que diariamente cambiaba de signos, y como maestro a Dios que creó al hombre para que disfrutara de la creación, para que tomara gratuitamente cuanto necesitara de ella y para que viviera en armonía y la cuidara sin llegar nunca a esquilmarla ni dañarla.