La Primera Cruzada está
dividida en dos partes: la Cruzada conocida como LA DE LOS POBRES, y la conocida
como LA DE LOS PRÍNCIPES.
La DE LOS POBRES fundamentó
todas sus esperanzas en Dios. En su mayoría eran campesinos y nobles de poca
monta, mandados todos por un clérigo conocido como PEDRO EL ERMITAÑO.
Desde el primer miembro de esta
expedición hasta su general en jefe, el aludido Pedro el Ermitaño, carecían
de conocimientos militares y ninguno de ellos había entrado nunca en batalla.
Armados todos de un fervor
religioso sin parangón, hicieron todo el viaje gritando la famosa frase que el
Papa Urbano II les dejó como talismán religioso: ¡Dios
lo quiere!
Entraron en batalla pensando
que Dios estaba con ellos, y que por esa razón tomarían Jerusalén sin obtener
ninguna baja. Como es natural y lógico, fueron derrotados y más del ochenta
por ciento de ellos jamás volverían a sus casas.
Ante el fracaso de este primer
embate, el Papa Urbano II hizo un nuevo llamamiento. Pero esta vez, dejando el
fervor religioso, hizo una llamada a los grandes señores de Europa.
Se formó una nueva PRIMERA
CRUZADA, llamaba esta vez LA DE LOS PRÍNCIPES. Soldados avezados en mil
batallas, a las órdenes de sus respectivos señores, se dirigen hacia Jerusalén
venciendo a cuantas tropas les salen al paso, y después de unos meses de
asedio, toman al fin Jerusalén. Los cristianos entran a saco, y las matanzas
que allí se suceden tanto de árabes como de judíos, es mejor que las pasemos
por alto. Era el año 1099.
Tomado Jerusalén, es
necesarios fundar un reino para consolidar y salvaguardar la ciudad por los
siglos de los siglos. Nadie mejor que GODOFREDO DE BOUILLÓN, el gran jefe francés
que con tanto ardor ha luchado para conquistar la ciudad santa, para ocupar este
puesto.
Le ofrecen a Godofredo el gran
honor de ser rey de Jerusalén, pero él declina tal honor pronunciando las
siguientes palabras: Auri
coronam non feram ubi spineam tulit Christus. Es decir, no llevaré corona de oro donde
Cristo la llevó de espinas.
Accede a ser el GUARDIAN DEL
SANTO SEPULCRO, incluso dando la vida por defenderlo —según dicen los
estatutos fundacionales—. Y para ser ayudado en esta noble tarea, les dice a
los caballeros que habían venido bajo su mando, que quienes deseen quedarse
para defender con él el Santo Sepulcro, serán bienvenidos. Muchos caballeros
se quedan; otros se marchan.
Entre los que se quedan, se encuentran los nueve caballeros fundadores que posteriormente llegaron a ser una de las órdenes más poderosos de la cristiandad. Estos son los siguientes:
Hugo de Champagne (conde
de Champagne)
André de Montbard (tío
de San Bernardo)
Hugo de Rigaud (Rigaud.
Ciudad que se halla en el Pirineo francés)
Gondemar de Troyes
Un año después de
haber sido fundada la Orden de los Guardianes del Santo Sepulcro, su fundador
muere.
Muerto Godofredo de
Bouillón, los cristianos residentes eligen rey a su hermano Baldunio. Elevándolo
con el nombre de Balduíno I de Jerusalén.
Con el nombramiento
de Balduino I, los Guardianes de el Santo Sepulcro comienzan a perder
protagonismo. Además, muchos de ellos se quejan de que, si bien es verdad que
tienen un alto honor, también es verdad que no hacen nada en provecho de su prójimo,
tal como Jesús dejó dicho en sus evangelios.
A Jerusalén llegan
de vez en cuando cristianos semidesnudos, heridos y maltratados. Son grupos de
unas dos o tres personas que dicen haber sido atacados por bandas organizadas de
ladrones árabes, que, además de robarles los caballos, las mulas, los carros y
cuanto de valor llevaban encima, se han llevado a las
mujeres y han dado muerte a quienes de rodillas les rogaban que les
dejasen a sus esposas o hijas.
Viendo el desamparo
en que se hallaban los cristianos que venían de lejanas tierras para rezar ante
el Sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo, los diez caballeros que antes fueron
mencionados, se reúnen, y como quiera que la profesión que habían decidido
emprender no era abandonar el servicio que actualmente estaban llevando a cabo,
sino ampliarlo, ya que lo más importante del Sepulcro era que llegasen todos
los días peregrinos para rezarle, de común acuerdo deciden fundar una Orden
que serviría a la del Sepulcro, cuya misión sería escoltar y proteger a los
peregrinos que vinieran de tierras lejanas hasta Jerusalén.
La Orden fue
conocida como la Orden de los Pobres COMPAÑEROS de Cristo, ya que Commilitones
significa en latín Compañeros y no Caballeros, como algunos, en
los cuales me incluyo yo, hemos traducido a veces, tal vez para darle más
importancia, como CABALLEROS en vez de como COMPAÑEROS.
Antes
de comenzar a realizar su función, hablan con el Patriarca de Jerusalén para
obtener su permiso, y este, como es natural y lógico, les aconseja que, para no
provocar la ira del Papa, ya que nadie puede fundar una orden sin su santo
consentimiento, que se constituyan a la manera de los Canónigos Regulares y que
tomen para cumplirla la Regla de San Agustín. De esta forma podrían comenzar a
realizar su misión enseguida, y mientras tanto emprender los negocios
necesarios para instituir la Orden con el beneplácito del Papa. Cosa que solía
tardar entre uno o dos años.
Los
Canónicos Regulares de San Agustín eran grupos que de común acuerdo se reunían
para vivir en comunidad la antigua religión de Cristo. No necesitaban la
aprobación papal porque lo único que hacían era rezar y servir a su prójimo.
Vivían pobremente, lo compartían todo y obedecían fielmente los preceptos de
la Iglesia. Ese fue el motivo por el cual estos grupos se expandiesen por todo
el mundo cristiano sin que el Papa ni la Iglesia se metiera con ellos. Ellos,
aunque laicos en un principio, no molestaban a la Iglesia de Cristo, sino más
bien, con su ejemplo de vida y ayuda al prójimo, le hacían un gran servicio.
Siguiendo los consejos de Dagoberto, el patriarca de Jerusalén, y con el beneplácito de este, fundan su pequeña orden sometiendo sus vidas y sus actos a la Regla de San Agustín. La cual, lo primero que les hace saber a quienes se fundan a la luz de ella, es lo siguiente:
En primer término,
ya que con este fin os habéis congregado en comunidad, vivid en la casa unánimes
tened una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios, y compartirlo
todo...
Pocos días después
de haber sido cimentada la Orden de los POBRES COMPAÑEROS DE CRISTO, comienzan
los caballeros a desarrollar el trabajo para el cual se habían constituido. Y
lo hacen con tanto acierto y valentía, que desde ese mismo instante todas las
Caravanas que son escoltadas por ellos, llegan a Jerusalén intactas.
Cada vez que
llegaba un barco al Puerto de Haifa o al de Tolomeida, según fuese donde tocase
ese día, los caballeros salían para escoltar a los peregrinos y traerlos sanos
y salvos ante el Sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo.
La ciudad de
Tolomeida se convirtió después, ya bien entrada la tercera cruzada, cuando fue
conquistada por los cristianos, en la famosa ciudad de San Juan de Acre.
Y aquí, en este
momento es cuando surge la pregunta que muchos se plantean, ¿cómo nueve
caballeros pudieron escoltar grandes caravanas enfrentándose a veces a grupos
de más de cincuenta o sesenta malhechores?
Antes de seguir
adelante con nuestra charla, habrá que decir que en el principio no fueron
nueve caballeros sino diez, como ya se dijo antes, los que comenzaron a llevar a
cabo tan respetable y difícil tarea, ya que el mismo día que se constituyó la
Orden, el conde de Champagne marchó a Francia para resolver sus asuntos
personales y no volvió hasta un año después.
Pero la explicación
a la pregunta anterior es bien sencilla: cada caballero, a pesar de haber
elegido la pobreza, era poseedor de un escudero y dos soldados ayudantes. De lo
que podemos deducir que el grupo contaba con nueve caballeros, nueve escuderos y
18 soldados.
Y hacían el
servicio para el cual se habían constituido de la siguiente forma: cuando tenían
noticia de que un barco iba a atracar en el puerto, ya que, al contrario de lo
que muchos creen no era todos los días cuando llegaban los barcos, sino una vez
al mes como mucho, y a veces cuatro o cinco veces al año, un grupo formado por
ocho caballeros, ocho escuderos y 18 soldados, salían de Jerusalén a las cinco
de la mañana hacia el puerto en busca de los que venían a rezar ante la tumba
de Cristo.
En el lugar donde
habían montado su cuartel general, que según dicen las crónicas era una casa
ruinosa rodeada de alguna tierra que se hallaba a las afueras de Jerusalén, que
fue la primera donación que tuvieron, se quedaban de retén un caballero, que
siempre era Hugo de Payen porque con solo 30 años era el mayor de todos y también
el Prior del grupo, un escudero, tres soldados y dos caballos.
Otra pregunta que
es muy frecuente es la de qué clase de hábito llevaban ¿blanco? ¿Negro? ¿Azul?
Según sabemos por
el Obispo de Tiro, comían y vestían de lo que la gente les daba. Es decir,
cada uno iba vestido de una forma diferente. Es más, según cartas de
peregrinos que han quedado para la historia, dicen que si no hubiera sido por
las armas que portaban, los hubieran confundidos con mendigos o pordioseros
porque iban vestidos de harapos.
Otra pregunta
frecuente es, si es verdad que dos caballeros montaban un mismo caballo. La
respuesta es NO. El sello que hoy vemos de dos caballeros montados en un mismo
caballo se realizó poco después de haber sido la orden aprobada oficialmente
en el Concilio de Troyés. Y fue una forma simbólica de decir, a cuantos ese
sello vieren, que los caballeros de la Orden, tal como la Regla de San Agustín
les aconsejaba, lo compartían todo.
Y, a pesar de que ya hacía largo tiempo que estos caballeros habían comenzado a ser conocidos como Templarios o los del Templo por los ciudadanos de Jerusalén y por los peregrinos que a la ciudad llegaban por ellos escoltados, vemos como la orla del sello dice: Sigillum Militum Xpisti, es decir: sello de las milicias de Cristo... Lo que nos da a entender que ellos, aunque más tarde no tuvieron más remedio que aceptarlo porque los papas en sus bulas, los reyes en sus privilegios y los grandes señores en sus donaciones los nombraban siempre como los del Templo o como Templarios, siguieron sosteniendo durante bastante tiempo su primitivo nombre.