FUMANDO ESPERO

Me he quedado de piedra al enterarme hoy de que el consumo de tabaco ha aumentado en un tanto por ciento de fumadores muy elevado, entre los cuales se encuentran, en su mayoría, jóvenes comprendidos en edades tan tempranas como son de doce años en adelante.

Cuando el Gobierno les exigió a las industrias tabacaleras que anunciaran en las cajetillas que el tabaco es nocivo para la salud, tal vez para quitarse la responsabilidad de llevar sobre la conciencia tantos y tantos muertos por culpa de este dañino producto, las industrias creyeron llegado el momento de su ruina o, como mínimo, de un descenso alarmante de su producto.

Las industrias tabacaleras publicaron unas letras casi invisibles, por pequeñas, que decían tímidamente: «El tabaco no es bueno para la salud», y en menos de siete meses de haber sido divulgado el mencionado escrito, el consumo de cigarrillos se había incrementado considerablemente. Cuando las industrias tabacaleras creían llegada su ruina, resultó que habían encontrado el mayor estímulo publicitario para elevar sus ventas. Entonces aumentaron el tamaño de las letras que advierten de la peligrosidad del tabaco, y comenzaron a inventar frases aterradoras. Desde «El tabaco mata», «Fumar acorta la vida», «El tabaco produce impotencia» hasta «El tabaco produce cáncer» y «Fumar puede producir una muerte lenta y dolorosa», he podido encontrar y leer, tiradas por el suelo, un sin fin de cajetillas con enormes etiquetas pegadas a ellas que anuncian la muerte y la enfermedad de quienes se atrevan a consumir el venenoso producto.

Yo estoy verdaderamente sorprendido. No sé a qué se debe esa aspiración humana hacia el deliberado suicidio. Personas que cotidianamente militan en asociaciones que defienden la vida de las plantas y de los animales, y que luchan enconadamente porque las primeras no sean abonadas con productos insalubres y los segundos engordados con hormonas, fuman constantemente, incluso después de leer los mencionados carteles.

Sacerdotes que en sus homilías nos explican que la vida se nos ha dado para usarla como buenos administradores, y que nuestro primer deber es conservarla en buen estado, que denuncian el aborto y la guerra, fuman a todas horas.

Personas cuya objetivo es abolir la pena de muerte en el mundo, fuman cotidianamente.

Quizás sea que algunas personas, por su rebeldía, por su descontento, por su depresión o, porque crean, sencillamente, que eso no le puede ocurrir a ellos, quieran suicidarse poco a poco. Ya que, por extraño que pueda parecer, el hombre llega a veces al extremo de querer arrancarse el bien que más estima: su propia vida. Creo, sin embargo, que el juicio que podamos hacer del proceso interior que lleva a la persona a esta opción tan extrema, deberá ser más comprensivo por nuestra parte. Dios sabe qué propósitos negros se irán incubando en sus ánimos durante días, semanas, meses, años.., para que sigan fumando después de haber sido advertidos de los despiadados peligros que el tabaco representa para su calidad de vida... Pero, en fin, la libertad de elección es el tesoro más considerable que la persona posee, así, pues, quienes ansíen hacer suyo el lema de «fumando espero, la muerte que más quiero...» están en su pleno derecho. Lo que sí deben saber es que con esos espeluznantes y grandes carteles, tanto el fabricante como el Gobierno se eximen de sus responsabilidades, y lo que antes se podía llevar a los tribunales ahora no se puede hacer porque el usuario está avisado.  

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