Dicen los expertos que el corazón es un órgano muscular hueco que al
contraerse y relajarse rítmicamente bombea la sangre por todos los vasos sanguíneos
del aparato circulatorio. El corazón es la vida, y así lo entendieron los
primeros hombres que comenzaron a poblar la tierra. Observaban que cuando uno de
ellos caía fulminado al suelo su corazón dejaba de latir, dando señales inequívocas
de que su vida había terminado.
Siendo el corazón el órgano más
importe que se aloja en nuestro cuerpo, no es de extrañar que sea la propiedad más amada de cuantas herencias
divinas gozamos. Así, pues, no ha de sorprendernos que cuando un amigo íntimo
o un pariente muy querido se despide de nosotros, nos diga: «te llevo en el
corazón»; ni que una madre le pregunte al hijo: «¿Qué quieres corazón?»;
ni que el amante ofrezca su corazón
a la amada y viceversa... El corazón es, y ha sido siempre desde que el mundo
comenzó a ser mundo, la personificación de la vida y el emblema del amor.
El Rey don Alfonso X el Sabio así lo entendió. Amó tanto esta ciudad
nuestra, que su corazón en vida siempre estuvo latiendo por ella; la adoró
como sólo una madre puede venerar a su hijo, y, al final de sus días, le
ofreció, como un amante a la amada, lo más valioso que poseía: su corazón.
Entre las instrucciones testamentarias que estableció el Rey Alfonso X
el Sabio, el 21 de enero de 1284, ordenaba que su cuerpo fuese enterrado en la
ciudad de Sevilla, junto a sus padres, y que el libro de las cantigas de Santa
María fuera entregado para ser cuidado y conservado en la misma iglesia donde
su cuerpo fuese enterrado. Después de todos estas disposiciones, hay una petición
inquebrantable de que sus entrañas fueran concedidas a la ciudad de Murcia, a
cuyos habitantes estimaba hondamente.
El corazón del Rey don Alfonso X se encuentra hoy enterrado en la
catedral de Murcia. En una capilla que se percibe en la parte izquierda del
altar mayor, que fue obrada por el constructor Jacobo Florentin y por el
escultor Jerónimo Quijano. Una capilla magníficamente tallada en piedra,
guarnecida con relieves, cenefas y símbolos. En cuya médula se halla la urna
que contiene las entrañas de nuestro rey, custodiada por dos maceros reales. La
urna es de piedra, y está adornada con flores y hojas doradas.
En el centro de la urna hay
una inscripción en castellano antiguo, que yo he actualizado para que sea
comprendida mejor, que dice lo siguiente: «Aquí están las entrañas de Su
Majestad el Rey don Alonso X, el cual muriendo en Sevilla, por la gran lealtad
que esta ciudad de Murcia le tuvo, en su testamento las mandó sepultar aquí».
Podríamos decir, sin lugar a equivocarnos, que este rey fue el primer
donante de órganos que ha brotado de la historia. Y, por ello, merecería
ser elegido como patrón de la Asociación Española de Donantes de Órganos.
Estamos seguros de que los motivos que guiaron a este rey a materializar este
entrañable acto, fueron los mismos que hoy llevan a los donantes anónimos a
rendir los suyos: Amor, desprendimiento, caridad, ternura y voluntad de servir.
Es decir, que su órgano dé vida al cuerpo que se trasplanta.
Me ha llegado la noticia de
que hay en toda la Región más de un sesenta por ciento de murcianos que
ignoran que en su propia catedral yace el corazón de un rey. Un rey que deseó,
con su afectuoso acto, darle categoría y vida a la ciudad que él amaba.
Yo te recomiendo, paisano que me estás leyendo, que si estimas esta
tierra nuestra como este rey la amó, o como yo mismo la quiero, y vas alguna
vez a la catedral, que no dejes de visitar esta capilla. Quizás no puedas
observar con detalle ni la capilla ni la urna porque una hermosa y grande reja
te lo impedirá. Pero este obstáculo no conviene que sea para ti ni excusa para
contemplar la tumba ni disculpa para no rezar una oración por el alma de un rey
que naciendo en otro lugar siempre se sintió murciano.
La reja fue construida en 1547 por el fabriquero Menargues el Mozo y por
el maestro herrero Gil. Encargada por el Concejo de Murcia para hacer saber a
las generaciones venideras que ningún otro hombre por ilustre que fuera debía
ser enterrado en los dominios del altar mayor. Y para recordar siempre que aquel
era el paso que llevaba hacia el sepulcro de un rey que amó profundamente a la
ciudad de Murcia, se colocaron sobre ella las insignias reales y se aconsejó
fuese forjado un pelícano dorado que habría de ser puesto en el lugar más
visible de la primorosa reja. Con la representación de esta ave se quería
simbolizar a la madre que se destroza los pechos para dar de mamar a sus hijos.
Era esta indicación un claro recordatorio de los desvelos que el rey había
practicado en vida por sus siervos más necesitados.
Esta reja fue cambiada en el año
1854 por haber sido fundida por un voraz incendio que se declaró en la
catedral. Hubo muchas y muy ricas pérdidas a consecuencia de tan violento
siniestro, pero la capilla del rey, exceptuando algunas quemaduras sin
importancia, no sufrió, milagrosamente, ningún daño que sea digno de
mencionar.