Incluso cuando llovía aunque
fuese de vez en cuando en Murcia, el plan hidrológico del régimen franquista
estuvo destinado siempre a prevenir el futuro. En aquel tiempo, como no fuese
debido a alguna desacostumbrada sequía que siempre era solventada sacando en
procesión una imagen religiosa, no había problemas de agua en ningún lugar de
España. Aquel incierto futuro que Franco auguraba con tanto acierto, ha
llegado. Ahora ya no sólo es Murcia la que necesita agua para todos, sino
incluso algunas otras ciudades que antaño nadaban en la abundancia. La política
de Franco en el caso del agua fue de prevenir para no llegar a la necesidad que
ahora nos apremia. Y esta política hidrológica en la que Franco gastó tanto
dinero, y que le llevó a ser bautizado, irónicamente, como «Paco el Rana»,
se interrumpió en el mismo instante en que él dejó de existir. Desde entonces
hasta nuestros días ningún gobierno ha tenido la suficiente sensatez como para
tomar el testigo que dejó Franco y seguir haciendo pantanos.
En
contraposición a otros países que también se rigen por la democracia y que
han sabido respetar y continuar con las buenas acciones de los gobiernos
anteriores, España fundamentó el grado democrático de cada uno de los
individuos que nos gobernaron por sus actitudes antifranquistas. Quienes más
leyes abolían del antiguo régimen, más monumentos quitaban, más nombres de
avenidas y calles suprimían..., más demócratas eran. Dice un aforismo chino
que «Perdonamos a los dictadores cuando mueren, pero en vida son imperdonables».
Aquí, en España, y con Franco, ha ocurrido justamente lo contrario.
Construir un
pantano en una zona necesitada de agua, es la mayor patada que se le puede dar a
la democracia porque eso era lo que hacía el dictador. Y así ha sido como,
mientras se ha venido ejerciendo la democracia derogando, destruyendo y
derribando, el tiempo se nos ha
echado encima. Quienes crean que democracia es ensañarse con los dictadores
muertos, están muy equivocados y deberían de leer, aunque fuese de vez en
cuando, el discurso que Pericles, el padre de la democracia, dirigió a los
atenienses, en donde se decía lo siguiente: «Los demócratas no pensamos que
el debate cause daño a la acción; el peligro reside más bien en el no aclarar
las ideas discutiéndolas antes de afrontar las acciones que pueden dañar al
pueblo, pues hay que estar alerta siempre para poner en obra lo que es preciso y
necesario».