Los seres humanos no nos hemos dado cuenta todavía que la naturaleza
depende exclusivamente de nosotros. Que la naturaleza es como un bebé que
necesita abundantes cuidados, cariño ilimitado y
protección integral. Y no hemos querido darnos cuenta de ello porque
ignoramos que nosotros somos naturaleza, que nosotros estamos tan estrechamente
unidos a la naturaleza, que el día que la naturaleza deje de existir también
nosotros desapareceremos.
Creemos
equivocadamente que las agresiones al medio ambiente que nos cobija y nos
alimenta son cosa de nuestro tiempo, pero no es así. El maestro Confucio, en
los años 500 a.C., ya decía «que las acciones de las personas, en especial
las de los soberanos, gobernantes y poderosos, son a menudo causantes de fenómenos
inusuales en la naturaleza. Ensuciar el cielo,
contaminar los ríos, prender fuego a los bosques..., pueden traer como
consecuencias inundaciones, terremotos, enfermedades, y otros malos presagios
que caen sobre la tierra como una advertencia de que los humanos no nos
encontramos en equilibrio con el mundo que habitamos...»
Si Confucio daba como ciertas estas afirmaciones, hace ya más de dos mil
quinientos años, es porque sus antepasados también así lo creía y así lo
decían. Pues inundaciones, terremotos, enfermedades desconocidas y olas de frío
o de calor han sido fenómenos inseparables del hombre, desde que el hombre se
industrializó.
A
principios del mes de enero del año 1930 la ciudad de Murcia fue obsequiada, de
la noche a la mañana, con una ola de frío que bajó el mercurio de los termómetros
a cuatro grados bajo cero. El cielo, hacía solo unas horas azul y
sereno, pasó en breves momentos a ser oscuro y brumoso.
—¡Vaya un frío que hace!—exclamaban unos. —Esto no ocurría
antes— decían otros, tal como siempre se ha dicho, creyendo erróneamente que
estas anomalías son fruto exclusivo de nuestro tiempo.
Y
como siempre ocurre con los fenómenos atmosféricos, la ola de frío se presentó
en Murcia cuando no era deseable. Las obras para dotar a la ciudad del
Alcantarillado que hoy todavía disfrutamos, habían comenzado hacía solamente
unos días. Todas las calles estaban levantadas y había grandes boquetes en
ellas. La condensación de vapor de agua en la atmósfera hizo sentir el temor
de una nevada que hubiese dejado las calles intransitables y peligrosas, pero la
nieve no llegó a cuajar.
Pero si la nieve que hubiese dejado las calles intransitables y
peligrosas durante dos o tres días no llegó a cuajar, sí lo hizo una gran
helada con el consiguiente perjuicio para huertanos, cosecheros y
exportadores..., amén de aquellas familias humildes que en aquellos tiempos vivían
siempre mirando al cielo sobrecogidos y rezando para que estos desfavorables fenómenos
no se originaran.
Un articulista de la época que escribía en «El
Liberal»,
terminaba su artículo diciendo: «Hagamos
votos para que esta gran riqueza de nuestros ácidos salga indemne del peligro
en que la tienen los elementos y no podamos decir que el año 1930 comenzó
funestamente para Murcia.»