Son
muchos hoy los dudosos guías que se están estableciendo en las diferentes
ciudades del mundo con ánimo de enriquecerse enseñando una disciplina que
desconocen porque, en su mayoría, no recibieron de maestros verdaderos. Todo lo
más, quizás, hayan leído algunos libros o recibido las enseñanzas que
imparten de boca de otros maestros que también cobraron por instruirlos.
Quienes enseñan el yoga por lucro no son verdaderos yoguis. Todo debe ponerse
al servicio del Señor. Cualquier cosa que hagamos dentro de las enseñanzas que
vienen de Dios, como catequistas, como filósofos o como yoguis, debemos hacerlo
siendo conscientes de que de Dios lo recibimos gratis y que por Dios tendremos
que transmitirlo gratis. Cuando este mandato se hace realidad, el hombre puede
ser verdadero maestro, verdadero filósofo y verdadero yogui. Y así nos lo hace
saber Krishna, la deidad que alcanzó la felicidad y la alegría a través de la
meditación trascendente:
Yam
sannyâsam iti prâhur
yogam tarm viddhi pândava
na
hy asannyasta-sânkalpo
yogí
bhavati kascana...
Lo
que se llama renunciación
es
lo mismo que el YOGA,
o
la vinculación con el Supremo;
porque
nadie puede ser yogui
si
no renuncia a los bienes materiales...
El
mundo en que vivimos, estresante, competitivo, lleno de hambre, guerras y
terrorismo, es propicio para que proliferen en él personas que ofrecen, previo
pago de su importe, el milagroso camino que nos lleva a la paz del alma y al
equilibrio del cuerpo. Por este motivo también el yoga se enfrenta hoy al
comercialismo que oscurece su verdadero sentido. El supuesto maestro que nos
ofrece, previo pago de su importe, la liberación total de nuestras almas y el
completo control de nuestros cuerpos, ignora seguramente que es precisamente por
este mundo egoísta por el que se nos hace necesario enseñar la ciencia del
yoga y no aprovecharse de ella. Porque igual que hay que dar de comer al
hambriento o de beber al sediento, hay que sanar al enfermo. Un enfermo que,
aunque conoce el sufrimiento y la felicidad, vive más en la agonía del
desconsuelo que en la cima de la felicidad. No es el sano el que necesita médico
—dice Jesús en el Evangelio—, sino el enfermo. La ciencia del yoga no fue
creada para quienes desconocen el sufrimiento, el frío, el hambre, el
deshonor..., esta ciencia fue concebida para quienes estamos sometidos al calor
del verano y al momento siguiente, al frío del invierno. Para quienes a veces
nos sentimos felices y otras desdichados. Para quienes unas veces somos
ensalzados y otras denigrados. Esta dualidad es necesaria para llegar a ser un
verdadero poseedor de los secretos del yoga, porque nadie puede hallar la
liberación sin haber conocido antes la opresión. No es posible comprender lo
que es el honor si nunca se ha conocido el deshonor; ni comprender lo que es la
felicidad si nunca se ha conocido la desdicha. Y para ir comprendiendo lo que
trato de haceros entender, iré alumbrándoos el camino, tal como hace la
filosofía oriental, con cuentos, parábolas o teorías. Leer con mucha atención
este cuento que ha sido extraído de un libro que yo escribí titulado «Cuentos
terapéuticos», cuyo título es EL ÁTOMO PARLANTE:
Quizá
a ustedes les parezca extraño que yo, un cuerpo casi vacío que tiene como
corazón un núcleo excesivamente pequeño, sea el encargado de contarles la
siguiente historia. Pero he de decir, no para justificarme sino para que ustedes
lo entiendan, que soy el único que puede rememorarla con demostrada
originalidad y credibilidad verdadera, porque habito en las profundidades del
organismo y del entendimiento de las personas.
Yo
he vivido íntimamente con la humanidad desde que el mundo fue mundo... Pero, un
momento, todavía no me he presentado...
Soy
un átomo de carbono. Es decir, soy una pequeñísima partícula de materia que
entra en la composición de las moléculas de su cuerpo y es característica de
cada uno de los 92 elementos químicos que hacen posible que la vida fluya en él.
Fui creado hace 800 millones de años. De mí obtienen ustedes la energía
suficiente para vivir y perpetuarse. De manera que mientras viven, yo estoy en
ustedes, y cuando mueren, yo me transformo. Gracias a esta transformación, he
pasado por cuerpos de personas que han vivido antes que ustedes y pasaré,
cuando ustedes dejen de existir, a cuerpos de personas que habrán nacido después
que ustedes.
Así
que puedo decir, sin temor a equivocarme, que soy inmortal. Y recemos ambos para
que así sea porque el día que yo deje de existir, el mundo que nos rodea también
desaparecerá.
Hasta ahora, el hombre, a
cuya composición me honra pertenecer, ha tratado por todos los medios de
demostrar científicamente el origen de mi existencia. Y a la única conclusión
que han llegado unánimemente es: que yo
soy la vida. Después han querido seguir ahondando en mis profundidades y
todo ha sido inútil, porque yo, llámenme ustedes átomo o llámenme vida, no
soy un archivero que me haya dedicado a observar y estudiar los acontecimientos
evolutivos para después anotarlos. La vida es..., eso: sencillamente vida. De
ahí que el hombre, al no tener historia donde informarse, haya tenido que
reducir su ciencia a pura hipótesis, y construir imaginariamente su historia de
la vida... Pero no es de la historia del devenir de la vida ni de la evolución
del hombre de lo que yo quiero hablarles hoy, no. Quiero contarles una pequeña
historia que sucedió hace ya muchos, muchísimos años. Es una historia de la
existencia humana, una narración sencilla. Un relato que puede ayudarnos a
caminar sin muletas por la ruta incierta de nuestro vivir cotidiano.
Allá por los tiempos de
«Maricastaña», vivía en una ciudad que se llamaba Pompaelo (actualmente Pamplona), un hombre que estaba casado con una
mujer que, según manifestaba ella, no conocía ni había conocido nunca la
felicidad.
Nicasio, que así se
llamaba el hombre, amaba profundamente a su mujer. Quería que conociera la
felicidad, y para alentarla a ello le hacía miles de proposiciones al día:
—¿Quieres que vayamos
de excursión al campo? —Invitaba el hombre, muy cariñoso.
—No —contestaba
ella—, allí no seré feliz porque me picarán las moscas.
—¿Quieres que plantemos
rosales en el jardín? —Insistía él.
—No —volvía a
contestar ella—. Plantar flores es muy cansado y muy difícil, y la felicidad
no se consigue con la dificultad.
—¿Quieres que tengamos
un hijo?
—No; los hijos dan
muchos problemas, y con ellos es imposible conseguir la prosperidad.
—Entonces, dime, ¿qué
quieres? ¿Qué necesitas? —Le preguntaba Nicasio desesperado.
—Quiero... Necesito...
Un milagro.
En aquellos tiempos no
existían los psiquiatras, los psicólogos ni los psicoanalistas, que era
precisamente, y según mi criterio, la asistencia que necesitaba urgentemente la
buena mujer. Eran tiempos de profetas. Pero los profetas no se dedicaban a sanar
el alma sino a acrisolarla para que sus dueños o dueñas pudieran cumplir la
Ley a rajatabla.
Aquel
inconveniente no paralizó la voluntad de Nicasio. Haciendo bueno el refrán de
que: «Dios aprieta pero no ahoga», pensó que si era época de profetas también
era el tiempo en que los ángeles bajaban a la tierra... Y ni corto ni perezoso,
se levantó de la silla donde estaba meditando, aparejó su asno, tomó un
cordero blanco que pastaba en su rebaño, y partió hacia el monte de los
sacrificios para ofrecer el animal en holocausto.
Cuando
Nicasio llegó al monte de los sacrificios, buscó leña y la colocó sobre el
altar. Luego, ató el cordero y lo puso sobre la leña. Y después, tomó el
cuchillo, degolló el cordero y le prendió fuego.
Todavía no se había
extinguido el humo del sacrificio, cuando una voz, que más que voz era trueno,
dijo:
—Nicasio... Nicasio... ¿Por qué me llamas?
—Te llamo porque te necesito. Mi mujer no ha conocido nunca la
felicidad y quiero que la conozca.
—Te diré lo que vamos hacer —replicó el ángel—, mañana me
presentaré en tu casa y te pediré trabajo, y tú me tomaras como criado. Yo me
encargaré de que tu mujer conozca la felicidad.
Nicasio regresó a su
casa. Iba pletórico de complacencia y atiborrado de contento.
Al
día siguiente, el ángel se presentó ante Nicasio. Y Nicasio lo tomó como
criado, diciéndole a su mujer que el hombre que cogían como servidor, era, más
que lacayo, un entendido en
felicidad.
La
mujer no se puso contenta porque era de la opinión de que la felicidad no existía.
Sin embargo, no dejó de observar al criado para ver si en realidad era tan
eficiente y tan feliz como su marido decía.
Y
en verdad que lo era. El servidor miraba por los intereses de aquella casa como
si fuera la suya propia. Y lo hacía de una manera sutil y graciosa, procurando
no herir los sentimientos de los vendedores que diariamente servían sus mercancías
a los dueños del hogar.
Un día, la señora
sorprendió a su servidor y al lechero discutiendo en la cocina:
—Yo no tengo la culpa de que el forraje no alimente adecuadamente a las
vacas este año —decía el lechero—. Muy a menudo las contemplo y puedo
asegurarte, criado, que ellas están tan preocupadas como yo por la mala calidad
de su leche. ¡Cuántas veces las he visto llorar, porque saben que su leche no
es todo lo buena que debiera ser!
—Me hago perfecto cargo de tu problema, vaquero —contestaba el
servidor fríamente—, pero debes de evitar que no derramen sus lágrimas en la
leche.
¿Quién será este hombre
que sabe decir las cosas sin herir la sensibilidad de los demás? —Se
preguntaba la mujer.
Y picada por el gusanillo
de la curiosidad, llamó al criado y le
dijo:
—Yo no he conocido nunca la felicidad. Siempre he sido desgraciada
—le confesó, sin saber que era en realidad un ángel.
—Si nunca has sido feliz, ¿cómo puedes saber que eres desgraciada?
Acaso no sabes que para conocer la noche hay que haber conocido el día; que
para saber que hay luz hay que haber conocido antes la oscuridad..., si nunca
has sido feliz, no puedes saber con fidelidad que eres desgraciada. Para saber
algo a ciencia cierta tenemos que tener conocimiento de ello y experiencia para
poder comparar. En este mundo hay personas que son desgraciadas siendo felices
porque no han conocido la desgracia.
—Quizá tengas razón, pero yo necesito un milagro —le explicó la señora.
—¿Un milagro? —Preguntó extrañado el ángel.
—Sí, un milagro —insistió la mujer.
—Yo he visto muchos milagros mientras me dirigía hacia aquí.
—¿Dime dónde? Yo también quiero ir a verlos.
—Sólo hay que salir a la calle..., en tu jardín he visto uno.
—¿Cuál? —Preguntó la mujer vivamente interesada.
—He visto una abeja libando una flor...
—¿Te estás riendo de mí, criado?
—No, señora, no me estoy riendo de ti. Lo que
para unos es monotonía para otros es un milagro... Si tienes las piernas sanas
¿por qué no sales a andar?
—Porque no soy feliz andando.
—Para un cojo tener piernas es un milagro... Si tienes brazos ¿por qué
no sales al jardín con la intención de plantar flores o darle de comer a los pájaros?
—Porque me aburro y no soy dichosa.
—Para un manco tener brazos es un milagro... Si tienes ojos ¿por qué
no sales a ver la belleza que te rodea?
—Porque soy desdichada. Y porque creo que no existe esa belleza de la
que tú hablas.
—Para un ciego es un milagro disfrutar de esa
belleza que tú no ves... Lo que a unos les da tristeza a otros les da alegría.
—No entiendo, ¿qué quieres decir?
—Quiero decir que para ser feliz hay que conocer los dos semblantes de
la vida. Una cara puede darnos la infelicidad y la otra la felicidad. Una cara
puede darnos el dolor y la otra el contento...
—Sigo sin entenderte, criado.
—¿Me permites que te lo demuestre con un ejemplo? —Sugirió el ángel.
—Sí, claro. Yo estoy deseando conocer la felicidad y soy capaz de
hacer cualquier cosa por conocerla.
—Vuélvete de espaldas —invitó el falso criado.
La mujer se volvió de
espaldas. Y cuando el ángel no podía ser visto, cogió el palo de la romana
que siempre estaba allí porque lo usaban para pesar las mercancías que
diariamente compraban, y se lo dejó caer a la señora en las costillas con tal
fuerza, que la desdichada creyó que la muerte le había llegado.
—¿Qué has hecho, criado? —Preguntó la mujer con los ojos llenos de
unas lágrimas tan gordas como tinajas.
—Nada, nada, mujer. Te he enseñado el aspecto del dolor. Ahora quiero
enseñarte el de la felicidad —y
diciendo esto, comenzó a modelar
con sus manos el palo, e hizo con él la imagen más bella que ojos humanos
hayan podido contemplar nunca.
La mujer, enjugándose
todavía las lágrimas que no dejaban de caer, y encorvada porque no lograba
ponerse derecha, sonrió por primera vez y dijo:
—Que talla más sublime. Me gusta.
—Al fin has conocido la felicidad —comentó el ángel—. Pero, como
has podido ver, ha sido necesario que conocieras el dolor. No olvides nunca que
la vida es como el palo, tiene dos caras. Una, cuando lo usas para hacerte daño
y, otra, cuando lo usas para esculpir tallas bellas. Ser esclavo de la fisonomía
negativa de la existencia, te privará de la alegría de averiguar la cara
positiva de la dicha.
Nicanor
vivió feliz y contento junto a su esposa el resto de su vida.
Un
simple palo tuvo la virtud de producir un milagro, ¡qué misterios más extraños
tiene la vida!